Monday, April 28, 2008

Camarones con “ongos”

(Fotografía Danielle Pascal)

Hace un tiempo fui a uno de los restaurantes hispanos de la ciudad. Mientras miraba la carta para decidir mi almuerzo, mis ojos se detuvieron estrepitosamente en un plato muy especial; Camarones con “Ongos”.
Al comienzo a mi acompañante y a mí nos dio un poco de risa. “Tráigame por favor los camarones con hongos pero con hache”, solicité, con un tono medio juguetón al mesero. El sonrió y asintió, pero la situación no pasó a más en aquella ocasión ni en ninguna de las otras veces que volví al lugar y me encontré con el mismo “ongo”.
Siempre he pensado que hacer un trabajo informativo como el que se realiza en los medios escritos no es sólo de suma importancia sino también de una absoluta responsabilidad, porque los lectores confían en noticias veraces y bien escritas.
Es ahí cuando toma sentido la insistencia de mi jefe en que seamos muy precisos en nuestros artículos, y su sufrimiento cada vez que alguno de nosotros comete un error ortográfico. Más de alguna vez me gané el “mijita esto no es así. Toma ese librito de allá y búscalo”. Yo, en mi juego de aprendiz, acataba sus mandatos, y aunque a veces osé a refutarlo, debo decir que hasta el momento él casi siempre ha tenido la razón. Su oficina es un mundo abierto. Libros de estilo, periódicos, diccionarios, revistas y cartas; una lluvia de letras y palabras para ser exploradas.
Quizás deba culpar a Rafa y a nuestro poeta Pedro Assef de la tendencia a fijarme, donde quiera que voy, en letreros, avisos o folletos escritos en castellano.Han pasado casi dos años de mi experiencia con aquellos champiñones y escuchando otras personas me he dado cuenta que yo no soy la única que se ha percatado, ni la única que se ha manifestado, en contra del asesinato lingüístico aquel. Tampoco soy la única que ha notado la existencia, desde por lo menos cinco años, de un letrero público que lee “se prohíbe beber bevidas alcohólicas” ubicado fuera de una visitada tienda hispana.
El problema real no es la falta ortográfica, ni que alguien haya cometido un error al escribirlo. De hecho, la ortografía y gramática no son algo simple y muchas personas tienen dificultad para aprenderla y aplicarla. El inconveniente está en la desidia y falta de visión de los que ponen letreros, avisos o información pública en español con errores que distan de ser pequeños. El verdadero error se refugia en la apatía de las personas que, aunque hayan sido advertidas del traspié, no hagan nada para cambiarlo.
Me cuesta trabajo creer que éste restaurante no tenga dinero para invertir en nuevos menús. ¿Qué tal cambiar solo la hoja donde está el error? Qué tal si, “a falta de dinero”, se le agrega con bolígrafo la “h” que le falta para que llegue a ser un hongo de verdad. ¿Me cree exagerada? Tal vez lo sea. Pero me permito sacar estas cosas a flote por el bien de los que están aprendiendo a leer - incluyendo a los anglosajones que estudian español- por la gente que quiere superarse y por los que queremos mejorar día a día.
Adivino que más de alguna persona se sentirá atacada con esta columna, aunque yo haya aclarado que me refiero a lugares públicos y no al lector en si. Tampoco me cuesta imaginar a alguien mirando mis escritos buscando algún error para poder criticarme. Si esto fuera así le agradezco el esfuerzo anticipadamente.
Me permito hablar de temas cotidianos no para criticar por deporte. Sino porque para superar las barreras que tenemos como cultura debemos auto criticarnos, aceptar y hacer algo al respecto. Yo, muy lejos de la perfección, prefiero escribir sobre este tópico, para ver si se deja de subestimar a la gente que desea aprender y para intentar que los lugares públicos puedan arreglar los errores que tienen tiritando a Cervantes en la tumba, porque al parecer, los años pasan y en estos sitios los errores han quedado plasmados como jeroglíficos que no merecen ninguna investigación adicional, sino un cambio inmediato.

Monday, April 14, 2008

La cochinada hispana



Los ojos chispeantes y aceitunosos de mi primogénito hicieron que aceptara llevarlo, por segunda vez, al famoso “playground gigante’ de Plaza Fiesta hace unos domingos atrás. Las callecitas de adoquín, los balconcitos coloniales de colores vivos, las piletas de agua, en general toda la decoración demuestra que fue planeada especialmente para agradar a la familia hispanoamericana y a los anglosajones que quiera saciar su curiosidad. Aquel día había más gente de lo normal, debido a la presencia de una cantante mexicana y una actriz de telenovelas que iban a firmar autógrafos y colocar sus huellas al más puro estilo de Hollywood. Mientras recorría los pasajes, que representan los nombres de los diferentes países latinos, intentando encontrar el que representa a mi delgado Chile, me crucé con varios hispanos que trabajaban diligentes recogiendo “basuritas” del piso del popular sitio. Más tarde, cuando nos sentamos a comer, mi hijo Amaru me pidió que lo llevara al “Pipi Room”, así que visitamos los baños femeninos y me senté en la linda sala de espera con sillones estilo “lounge”. Él en su urgencia comenzó a abrir una en una las puertas y grito: ¡Mom ven! Cuando me acerqué para asistirlo, Amaru estaba apuntando con su pequeño índice hacia el suelo diciendo: “Mami la gente es sucia”. La sabiduría de sus cuatro años hablaba con toda razón. Comencé a recorrer y a abrir las puertas de los baños y a ver que el piso estaba lleno de papeles higiénico por doquier amontonados en cerros. Parecía que los papeles habían sido arrojados con furia, a propósito. Aquel baño bien construido, con botes de basura con espacio suficiente para mantenerlo limpio, era una oda a la inmundicia. En ese momento pensé en todos los comentarios, lejos de ser ficticios, sobre los hispanos y nuestras malas costumbres. En aquel baño, cuando me daban ganas de pedir prestado a los barrenderos sus herramientas para poder limpiar la evidencia postrada frente a mis ojos, mi hijo y su asombro hicieron que cambiara de opinión. El motivo de estas palabras no es criticar por criticar. El impulso que me hace escribir es poner en bandeja, frente a nuestros ojos, nuestras bondades y falencias como cultura porque, de pasadita, en este mar de palabras hay siempre algo que yo misma puedo aprender y aplicar. Este tipo de cosas no hay que ocultarlas, por el contrario, hay que mostrarlas, hablarlas y hasta documentarlas. Porque mientras unos hacen inmensos esfuerzos por satisfacer a los hispanos con lugares como este, nosotros nos atrevemos a botar basura y expandir mugre en vecindarios y establecimientos comerciales. Sin ir mas lejos, es tanta la flojera y la inmundicia que en los bazares o supermercados visitados por hispanos, se ven los carritos de compras estacionados a media calle, encima de alguna lomita o estacionados atrás de cualquier automóvil y por supuesto, con algún regalito a medio comer abandonado dentro del carrito. ¿Qué sacamos de hacer programas para limpiar la ciudad y demostrar que somos aplicados y comprometidos con esta sociedad si convertimos a los propios establecimientos que nos representan en basurales vivientes? Hasta mi propio jefe y su camisa almidonada no pudieron defender a los hispanos en el Décimo Tercer Simposio de Vecindarios de Charlotte frente a las acusaciones, a mi parecer, bien fundamentadas, sobre el desorden, suciedad, el ruido y poco respeto con los vecinos. Si usted al leer esta columna siente que generalizo y que usted no pertenece a este grupo, le tengo malas noticias. Usted y yo por más limpio y respetuoso que seamos o queramos ser, caemos en la misma categoría. Es por eso que todos somos responsables y no podemos ser indolentes frente a lo que suceda con nuestra comunidad. Ese día antes de entrar al estacionamiento de lugar me pareció ver una publicidad en inglés que propone visitar el centro comercial para “acercarse a Latinoamérica”. Si alguna persona que no sea latina se deja llevar por aquel mensaje publicitario puede llevarse más de una sorpresa. En vez de llevarse algún “souvenir”, podría solamente ratificar lo que ya se piensa de nosotros los hispanos.

Monday, March 31, 2008

El niño "Bully"


Al otro lado del mundo miles de hombres sostienen una pelea que parece no tener tregua.
En este lado del planeta miles de padres, esposas e hijos esperan estrechar los brazos de los que han partido a cumplir con el deber, que hoy en día, muchos aún no tienen claro cual es.
Los latidos mudos de las familias que gritan “vuelve a casa” se ven reflejados en los rostros exhaustos y confundidos de muchos soldados que verán en Irak el último vistazo en su estadía por esta vida.
Bush, a quien yo llamo el “niño Bully” (peleador), se ha empecinado en que invadir Irak fue y es la solución al terrorismo.
”Ellos sembraron el camino para la paz de generaciones futuras", dijo la semana pasada cuando se dio a conocer la cifra de 4 mil soldados estadounidenses fallecidos desde que empezó la guerra.
Cuando leí aquel comentario mi cara se volvió púrpura y salió de mi boca un garabato del que no puede hacerles partícipe. Sentí ira y desconsuelo por todas las personas que son víctimas del juego de un niño mimado y belicoso con sus soldaditos de plástico. De un presidente que ha usado la guerra como pretexto para subir su popularidad alicaída luego de los ataques del 11 de septiembre.
Pero su juego no es novedoso ni original. Ya los césares romanos usaban la guerra como distracción y como método para aumentar su fama.
Bush es otro Cesar más, pero que cada vez pierde mas fuerza y crea repudio.
Me impresionan escenas como la portorriqueña Marlene Fernández, que se acercaba al féretro de su hijo Jason de 20 años, para retirar la bandera estadounidense que cubría el ataúd y reemplazarla por la de Puerto Rico.
Jason, como muchos hispanos, había acudido al ejército para mejores opciones de educación y ayudar a su familia.
Jason fue uno de los tantos soldados vistos por algunos niños iraquíes como héroes y por otros como el verdugo de sus padres.
Acaso si Bush o Condolezza Rice hubieran tenido hijos varones ¿Los habría enviado al campo de batalla?
Las preguntas son muchas y las respuestas exiguas. Pero cada día, de a poco, se reconoce que esta ofensiva ha sido equivocada.
Hasta el Congreso y el mando militar norteamericano virtualmente aceptan que la guerra está perdida y de a poco salen a la luz detalles, ya sospechados por muchos, como los publicados en el libro de Bob Woodward “Negar la Evidencia” donde el autor relata una conversación que sostuvo con Bush donde al presidente le llevó cinco minutos y 18 segundos reconocer el fracaso en la búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak, una de las “razones” del conflicto.
La Segunda Guerra Mundial duró seis años y más de sesenta millones de seres humanos perdieron la vida. Cinco largos años han pasado desde la invasión a Irak y lo más seguro es que Bin Laden esté tomando sol en algún lugar lejos de los combates.
¿Cuántos iraquíes han muertos? No se sabe con exactitud pero los medios noticiosos más importantes manejan un rango que va desde los 30 mil hasta las 600 mil personas. “Voy a asegurar un resultado que amerite el sacrificio”, dice Bush.
Mister Bully, su guerra personal no merece que miles de familias estadounidenses e iraquíes tengan en común un puesto vacío en sus mesas.
Mientras usted sigue maquinando como desenredar este lío y salir bien parado más y más voces se oyen susurrando “Papá ven a casa, hijo te extraño, amor aún te espero...”

Tuesday, March 18, 2008

El sendero de las lágrimas





El té de las cinco de la tarde con pan con palta (aguacate), al volver del colegio junto a la serie “Cine en su casa” eran infaltables para disfrutar especialmente de las películas de indios. No se si eran las trenzas, el color de su piel o la virilidad, pero siempre sentí una cierta atracción hacia ellos. Fue así, como en una de esas tardes, tuve mi primer conocimiento sobre los indios Cherokee de Carolina del Norte. Años más tarde, ya viviendo aquí, aprendí mucho más que las aventuras que mostraban mis películas de matiné y me preocupó algo más que mi simple fetiche juvenil. Hace unos 177 años un grupo de indios Cherokee se veían obligados a abandonar su tierra por mandato del gobierno de Estados Unidos. Aproximadamente 17 mil personas fueron sacadas de sus casas a punta de pistola y confinados en campamentos bajo la ley “Indian Removal Act” para confiscar las tierras al este del Mississippi y deportar a todos los indios que residieran en esos territorios. Los nativos recorrieron 1.285 kilómetros a pie hasta llegar a Oklahoma. En aquella marcha conocida como “El sendero de lágrimas” murió una, no despreciable cantidad, de 4.000 personas. Después de que conocí la triste historia de estos indios y pienso en ese sendero, dibujo en mi mente el camino que recorren millones de inmigrantes en todo el mundo cada día. Unos senderos más largos que otros, unos más dificultosos que otros pero al final de cuentas todas son caminatas que dejan huellas imborrables. Mirando las cosas desde un punto de vista global, debemos reconocer que la realidad del inmigrante, deportaciones, éxodos y todos sus sinónimos, no es una problemática ni reciente ni exclusiva de los hispanos en este país. Es un padecimiento a nivel mundial donde los expulsados y los que buscan sobrevivir pernoctan buscando una mano solidaria y algo de luz para volver a comenzar su historias. Como latinoamericanos en este país, no cabe duda que la imagen de los oficiales de inmigración, entrando en la madrugada a los hogares de los indocumentados, es perturbadora. También es incuestionable las amargas horas de espera e incertidumbre de los familiares a los que se les arrebata un ser querido en esas condiciones. Pero, ¿Qué diferencia puede existir entre un inmigrante hispano en Estados Unidos y un africano en las Islas Canarias, los haitianos en Republica Dominicana, los nicaragüenses en Costa Rica, los zimbabwenses en Botswana, los centroamericanos en México o los indios Cherokee en 1830? Yo no veo ninguna. Por lo contrario, creo que cada grupo que emigra o que es desplazado comparte la misma incertidumbre y el hecho de tener que lidiar con la discriminación y la desaprobación a donde quiera que llegue como destino. En general me parece que donde llegan inmigrantes se da una suerte de “pequeño apartheid”. Nos ha tocado vivir en una época muy conflictiva donde por alguna razón muchas personas están, literalmente, arrancando de sus países y los hispanoamericanos somos sólo una parte de esta movilización mundial. Precisamente en este mismo segundo que alguien duerme tranquilo, que yo escribo estas palabras y usted las lee, en algún punto del planeta existe alguien que lleva a cuestas sus sueños y esperanzas tratando de atravesar alguna frontera o recorriendo un sendero que dejará una historia que contar.

Tuesday, March 4, 2008

Gracias por la inspiración

A mis 34 años recién vengo a caer en cuenta de la importancia de votar, y ser partícipe en el futuro de un país. Dentro de lo cursi que pueda sonar para algunos, quiero agradecer este despertar al que, espero yo, sea el futuro presidente de este país, Barack Obama. “Inscribirse en los registros electorales es un deber cívico”, decía mi madre cuando yo, en mi actitud de “oveja negra” me negué a ser parte de los sufragios de mi deteriorado país. Simplemente la política y sus exponentes me asqueaban. Pero este señor Obama, sin tener la menor idea de quien soy, ha generado que mi mustio pensamiento y actuar político vibren por primera vez llegando incluso a sentir un cariño real por esta patria. Aunque en la carrera presidencial los tres candidatos demócratas apoyan una reforma que cambiaría la suerte de nuestra raza, Obama, como mestizo, hijo de un nativo de Kenia, representa, la lucha extenuante de los pueblos que por generaciones no han sido escuchados; los negros y los inmigrantes. Porque aunque algunos hagan “vista gorda”, está más que claro que los inmigrantes y los afroamericanos de este país compartimos mucho más en común, que el simple hecho de ser representados en los últimos escalones de la sociedad. Tal es mi entusiasmo con este señor, que he estado repetidamente mostrando a mis compañeros de “Mi Gente” un video traducido al castellano de uno de los discursos de Barack, donde acompañado de ciertos artistas que lo apoyan representan el lema “Sí, se puede” (“Yes, we can”). Algunos dicen que es sólo un buen comercial editado. A mí, por el contrario, me para los pelos. Y aunque sí concuerdo en que los políticos buscan convencer y prometen más de lo que cumplen, también reconozco que para lograr cambios debemos creer y arriesgarnos a elegir una opción. ¿No es eso lo que hacemos en la vida? ¿Creer, errar y seguir buscando hasta encontrar lo verdadero? Otra gente me dice que Clinton es la mejor opción. Claro, debido a mi género podría apoyarla pero prefiero dar mi confianza a alguien, a diferencia de Hillary, que partió de abajo sin ninguna ancla política y que bajo las miradas atónitas e incrédulas de sus oponentes ya, en este momento, está haciendo historia en Norteamérica. Seguro su popularidad y avance se verán truncados por los que no se imaginaron que un negro con apellido musulmán llegaría tan alto. Lo más seguro es que a mitad del camino querrán sacarle los “trapitos sucios a la luz”, tal como se hizo en nuestra ciudad con el casi Sheriff Mackey, donde el problema verdadero no fue su pasado dudoso al que apuntaban ciertos “hombre de moral”. Su tragedia fue haber nacido con un color de piel que aún, en el siglo XXI, no es grato para muchos. Yo, por mi parte, y ya que lamentablemente no gozo de la ciudadanía de esta tierra, tendré que conformarme con seguir los debates y esperar los resultados. La única forma de poder expresar mi opción será por medio de estas palabras, y cuando use la camiseta que me compré en internet en agradecimiento a la inspiración que me ha brindado. Sí, ahora que me muero por ir a las urnas, aprecio y entiendo el derecho del voto que tantos otros aún ignoran. Como los grandes amores, a veces cuando los tenemos no los apreciamos; pero cuando no están perdemos la oportunidad de mejorar nuestra esencia.

Wednesday, February 13, 2008

Saber volar









Mientras me encontraba escribiendo la columna de esta semana, mi padre, quien vino a visitarme de Chile por dos cortas semanas, me interrumpió para hablarme de gansos. Yo, medio confundida, accedí a quitar mis obsesivos ojos de la computadora para regalarle mi atención y darme el lujo de sentirme una pequeña niña otra vez, a quien le cuentan una historia. Al llegar el otoño, cuando las hojas deciden abandonar las ramas, los gansos emigran buscando el calor. En su viaje vuelan formando una letra V donde en la punta se posiciona el ganso guía quien va cortando el viento haciendo un esfuerzo superior al resto. Cuando cada pájaro bate sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ave que va detrás de él. Si en algún momento alguno se sale de su formación, enseguida se percata que la resistencia del aire dificulta el vuelo, por lo que regresa rápidamente a su puesto. Mi padre finalizó agregando que cuando el guía de estos plumíferos se cansaba, tomaba uno puesto de más atrás, para que otro ganso lo reemplazara. En ese momento sentí una profunda tristeza cuando se me ocurrió asociarlo con nosotros los hispanos y experimenté una repentina envidia, sana hacia el reino animal. Porque, aunque la moraleja de la historia de mi Papá no es difícil de captar, ni tampoco novedosa, reafirma hechos evidentes como el que los latinos no sabemos, ni queremos, trabajar en equipo; la indolencia de nuestra comunidad hace que la unión se vuelva un tema utópico. Aunque sería injusto generalizar, existe un número considerable de personas que no les interesa lo que sucede con nuestra gente, como así también, algunos líderes que sólo les importa figurar quitándole fuerza al verdadero tuétano de nuestra situación. Estamos con el agua hasta el cuello llenos de propuestas para sacarnos del país; pero cuando es hora de aliarse para manifestar nuestro pensar, no lo hacemos. Es siempre una fiesta de unos pocos y de los mismos. En ocasiones logramos juntar un gran número de personas; pero esa bravura nos dura poco y nuestra insuficiente consistencia hace que los antiínmigrantes se pongan las pilas y se aprovechen de nuestra debilidad. Ellos sí trabajan en equipo, hacen campañas, envían correos electrónicos, llamadas telefónicas, programas radiales en vivo, sólo para poder echar abajo alguna ley o propuesta que nos beneficie. Lo peor es que han tenido demasiado éxito. Sí, nosotros también hacemos actividades parecidas pero el número de participantes dejaba bastante que desear. Nuestra comunidad hispana no es tan unida, como nuestra familia hispana. Nos hace falta hablar menos y aprender más, para poder pelear por nuestros derechos y también llenarnos de valentía para luchar en contra de nuestros propios errores. Nos falta un líder de verdad, mentores sin egos, porque para guiar a todo nuestra gente se necesita mucho más que hablar bien por un micrófono o en un escenario, se requiere amor y sencillez. La historia del ganso seria buena compartirla en una de las tantas reuniones donde se intenta buscar soluciones para los inmigrantes, quizás así, tratando de aprender de un simple pájaro, podríamos impresionarnos al saber que cuando la bandada vuela en conjunto aumentan su poder cerca de 71 por ciento, diferente sería que cada ave viajara sola.

Monday, January 28, 2008

Los pequeños y necesarios maestros


A pesar de ser una mujer bastante “trabajolica” a veces me doy un tiempito para satisfacer esa parte tan femenina que es el salir de compras. Varias veces mientras “vitrineo” he escuchado hispanos solicitar a sus pequeños hijos que pregunten el precio de algún producto. “My Mom wants to know how much is this dress?” preguntó un nene no mayor de siete años en una tienda. La escena y el desdeño de la vendedora captaron mi atención por lo que me acerqué para ofrecer mi ayuda. Se podía oler a kilómetros el malestar de la empleada del lugar que con una sonrisa fingida -típica de los buenos vendedores- respondió en un masticado español con tono burlesco que el vestido costaba “veinta nueivi noventaynueive”. La hispana agradeció inocentemente la información y decidió comprar el vestido. Yo por mi parte, sentía ganas de contarle a la señora que la empleada, mientras doblaba el vestido, comentaba que con ese dinero podría comprar un curso de ingles por el internet. “Bueno, si sabe como usar la computadora” dijo terminando de arrojar su veneno. Yo, morada de la rabia y el niño sin traducir el ácido comentario, nos miramos. El se encogió de hombros mientras yo, después de palabrear y criticar su actitud poco profesional, pedí el reembolso de mi compra y salí del lugar con esta columna en mi cabeza. Esta no es una situación poco frecuente, por lo contrario, los hispanos estamos expuestos a diario a la discriminación por no hablar inglés. Algo tampoco inusual es que muchos niños hispanos tienen la enorme responsabilidad de ser los intérpretes de sus padres no solo en situaciones simples como una tienda sino que innumerables padres dependen de sus hijos en escenarios más significativos como una cita médica o con la policía donde el resultado de la conversación queda en manos de la capacidad comunicativa, asertividad y madurez de un niño. Existe incluso padres que ni siquiera pueden entender las notificaciones enviadas por los colegios y normalmente los propios hijos terminan traduciéndoselas y firmándolas. A pesar de que estos “pequeños maestros” son útiles y ayudan a loa adultos a salir del paso también fomentan, muchas veces la flojera, de no aprender la lengua de este país. Con el mayor respeto hacia nuestra gente, creo que debemos reconocer que muchos hacen caso omiso al hecho de estar en un país diferente, con un lenguaje y una cultura distinta a la nuestra. Me consta que para algunas personas es extremadamente dificultoso por más que traten de aprender inglés pero lo intentan con libros o por medio de la televisión o radio. Sin embargo, hay otros que simplemente no quieren salir de la comodidad y no tienen ningún interés ni en el idioma ni en ninguna información que esté disponible para ayudar a entender el sistema de este país. ¿Cuántas veces se hacen cursos o charlas para los hispanos y los únicos asistentes son los que iban a impartir la clase? El respeto que tanto añoramos está es nuestras manos y debemos reflexionarnos que la inmersión cultural no significa volverse estadounidense sino que conservar nuestras raíces pero adaptándonos para hacer las cosas más fáciles para todos. Podemos preferir cambiar nuestro futuro o elegir sentarnos en un banquillo mirando a nuestros hijos en el pizarrón.

Wednesday, January 16, 2008

Saber soltar




A diario me quedo perpleja mirando por la ventana hacia la calle Independence desde el piso seis de la brillante “Torre Dorada” donde se encuentra nuestra oficina. Mientras me encontraba observando el tráfico, me interrumpió la agradable visita del señor de las frutas. Don Héctor va a “Mi Gente” casi a diario con sus cajas de Jicamas con pepino y jugos naturales que salvan el postre de algunos y las tripas de una vegetariana como yo. Animada le pregunté como le había ido en sus fiestas de fin de año pero su afable sonrisa se opacó cuando respondió que su padre había fallecido hace un par de semanas en México y que él no pudo viajar para estar en su funeral. “Lo siento mucho señor” expresé sin saber que decir y sintiéndome medio ridícula de no poder acotar nada más que la típica frase que se dice cada vez que alguien pasa a mejor vida. Rápidamente me hizo pensar en todas las ocasiones que despierto asustada con la sensación de que algo malo ha pasado con mi familia en Chile, con el enojo que me provoca nunca tener una tarjeta telefónica a mano y con el descanso que siento cuando finalmente me comunico y escucho la voz de mis padres. Es que ser inmigrante no es solo la lucha de subsistir en un país lejano, sino también dejar atrás todo una vida, el calor de los seres queridos, los recuerdos más preciados; todo lo que no cabe en una maleta. Me hizo también recordar hace unos años la voz dolorida de mi jefe cuando me contaba que su madre había muerto en Colombia el día de Navidad y su descanso cuando pudo viajar para despedirla.Ellos, así como tantas personas que decidimos cambiar nuestro país bajo cualquier circunstancia, debemos lidiar con la angustia de una mala noticia, en algún momento, a través de las prolongadas millas. Con papeles o no, educación o no, pudiendo viajar o no, estamos expuestos a la incertidumbre del errante y en ocasiones a llorar desde lejos pues los viajeros sufrimos la carga de tener “un pie aquí y otro allá”.En mis primeros meses en Charlotte me refugié en una antigua amiga; la lectura. “El Faquir”, fue uno de los libros que –como digo yo- me salvó la vida. Su autor retrata a un caminante de la cuerda floja y la idea de “Saber soltar” refiriéndose al despojarse de las cosas materiales y de las emocionales para poder mantenernos en la cuerda de la vida sin perder el norte.Pero aunque el libro me convenció, ahora se que el despojarse de todo es de alguna forma morir, porque queramos o no toda nuestra historia nos persigue donde quiera que vamos.Aquella tarde, luego de que Don José dejó la oficina pensé en un montón de cosas que pude haberle dicho pero que solo hubieran aumentado mi vocabulario de disculpas y no hubiera mejorado su temple. En el mundo de las emociones los documentos de estatus que hay entre unos y otros no existen porque en la distancia todos convergemos en lo mismo. El dolor todos lo sentimos por igual.

Wednesday, January 2, 2008



¡Paren el mundo que me quiero bajar!

Es una de las celebres frases de Mafalda, mi héroe de niñez, la incansable luchadora de los derechos humanos, la paz, la humanidad y gran pesimista sobre la situación del mundo. Seguido comparto su idea de bajarse del mundo, de este circo que nos ha tacado presenciar y el “atractivo” panorama que estamos formando para el futuro de nuestros hijos. Es que nos ha tocado presenciar de todo lo imaginable. Calentamiento global, Tsunamis, secuestros, asesinatos, deportaciones y éxodos. La matanza de mujeres, trata de niños, pederastas, sacerdotes violadores, pornografía infantil y sus patéticos seguidores, el sida. Cada día y respondiendo a mi trabajo reviso con recelo las noticias buscando alguna positiva dentro de todo lo negativo que sucede a diario. ¿Es que los medios sólo vemos y retratamos lo malo o realmente estamos al borde de la destrucción? De pequeña me atemorizaba cuando las señoras del barrio hablaban de la tercera guerra mundial, del fin del mundo. Hoy mis miedos nos pisan los zapatos, nos pasa la cuenta, nos recuerda que nuestra propia humanidad ha sido inhumana y la esperanza de futuro es un recurso que escasea. Como a muchas personas mi corazón se exaltó de tristeza e impotencia cuando supe del brutal asesinato de Benazir Buttho, la primera ex ministra de Pakistán, una mujer respetada por su pueblo que quería cambiar el rostro de su gente. Una mujer de coraje y valentía que se arriesgó a volver del exilio sabiendo que podía terminar en manos de un orate fundamentalista. Buttho es uno de los tantos líderes políticos que han sido asesinados en el intento de abrir los ojos y corazones de las personas, para entender de una vez por todas que todos y cada uno somos harina del mismo costal, que merecemos las mismas oportunidades y vivir con decencia. Que nadie debería caminar descalzo ni morir de hambre mientras otros en el mismo segundo se jactan de cuanto tienen y que dirían algo como “así es la vida”. Estos personajes son los que merecen respeto y reconocimiento por sus contribuciones con la gente y con la vida y no los payasos de siempre a los que se les premia su “contribución con la comunidad” y que aparecen en los periódicos con una amplia sonrisa y su diploma de juguete. Temo que nadie se preocupa por nadie porque cada uno se rasca con sus propias uñas para lograr sus metas y enriquecer su bolsillo. Temo tener tanto miedo y arrepentirme de querer traer al mundo a Kenai el hijo que todavía ni siquiera engendro pero que vive en mis sueños. Y así, dentro de mi negativismo con nuestra historia, aceptando mi imperfección y buscando en la inspiración de mi querida Mafalda trato de conciliar con la vida tratando de ver -y no mirar- lo que sucede a mi alrededor para no perder la esperanza de convertirme en alguien mejor y en poder ayudar a cambiar de alguna forma la vida de alguna persona menos afortunada que yo. Después de todo “Todo lo que se ha hecho en el mundo, se ha hecho con esperanza” y lo que se quiere lograr afuera se comienza por casa.

El hombre araña


Una de estas mañanas caminaba por entre los edificios de uno de los hospitales de la ciudad, cuando me dirigía a realizar mi otro trabajo: intérprete. Llevaba la típica cara de sueño de día lunes, pero con la constancia de saber que me gusta y disfruto lo que hago, una suerte de la que no todos gozan. Mientras cruzaba de un edificio a otro, a través de un pasillo hecho de ventanas y cuando pecaba de veleidosa al mirarme en el reflejo de los vidrios, lo vi. Divisé al mismísimo hombre araña en persona. En un segundo remplacé mi vanidad por este personaje, que había captado mi absoluta atención. Pero este héroe me parecía un poco diferente al que conocía de la pantalla grande. Si bien es cierto que ambos colgaban en las alturas, este no tenia traje azul y rojo, no tenia mascara, no era musculoso y definitivamente no lanzaba tela de arañas. Por lo contrario su cuerpo era famélico, vestía de azul oscuro, tenia gorra en vez de mascara y si estaba colgando, pero de dos cuerdas que estaban atadas a los costados de un tipo columpio donde no cabía nada mas que el y sus pensamientos. Este “Spider Man” era hispano y no salvaba vidas sino que trabajaba salvando a las ventanas del polvo y la suciedad. El héroe de mi hijo Amaru, de tantos niños y adultos era uno de los tantos trabajadores inmigrantes que eligen labores riesgosas y que comprometen su bienestar por ganarse el pan. Uno de muchos que tienen grandes posibilidades de lesionarse mientras labora y uno de tantos que tienen que lidiar con la negativa de algún jefe inescrupuloso que no quiera cubrir los gastos médicos en caso de accidente.Mientras su columpio se mecía de lado a lado debido al viento otoñal, repentinamente el hombre dejo de limpiar y se quedo abstraído mirando la ventana que tenia en frente. ¿En qué pensaría? Yo tenía tanta curiosidad que deje congelados mis pasos en aquel pasillo. No sé si recordaba a su familia, o en cómo llegó hasta este país o si simplemente estaba de fisgón, mirando las vidas ajenas que concurría dentro del edificio. De lo que estoy casi segura es que sentado en esa endeble sillita, aquel hombre no estaba de caprichoso. Dos días después de mi encuentro con aquel personaje, me encontraba manejando hacia “Mi Gente” cuando vi a otro hispano en plena calle Central con su boca muy acomodada en una tremenda “caguama” de cerveza con pie apoyado en el muro y todo. Por su parte, la policía por su parte a menos de 10 metros a la vuelta de la esquina no se había percatado del descarado paisano.Les aviso o no, pensaba yo mientras la posible escena de aquel hombre manejando y causando un accidente se me pasaba frente a los ojos.Pero mi disyuntiva murió ahí como muchas buenas intenciones cuando una amarga sensación en mi estomago aviso que me sentiría mal si lo reportaba y con la conciencia pesada y bastante molesta seguí mi camino. ¿Hice bien o mal? Mi propio juicio calaba más hondo en mí que la opinión de otros al respecto. Y ahí, cuando decidí sacarme la responsabilidad y me hice la loca con lo acontecido no podía dejar de pensar en mi encuentro fortuito con el hombre arana, que mientras se balanceaba arriesgando su vida sacando el polvo a los edificios, otros se dan el lujo de embriagarse a plena luz de día. Ahora que lo pienso mejor y se volviera estar al frente del “bebedor” tampoco lo acusaría pero le contaría sobre Edgar Moreno, ecuatoriano que murió al caer del piso 47 de un edificio en Manhattan la semana pasada y de su hermano Alcides, que lucha por su vida en un hospital local, mientras él con los pies sobre la tierra no hace más que ayudar a que la palabra hispano tenga otro significado, y no sea una alergia para este país.

¿Discriminador yo? ¡no quién dijo!


Crecí en un país donde el año el mi nacimiento todo remeció, cuando la historia de mi añorado Chile cambió significativamente. Crecí entre protestas, bombas lacrimógenas, militares con sus poderosas botas de punta de fierro que dejaban considerables moretones, toques de queda, desaparecidos, lágrimas, muchas lágrimas. Mis padres solían decirnos: “miren bien lo que sucede en su país”, yo por mi parte, abría bien los ojos para grabarme todo lo que pudiera, para no olvidar porque aunque el borrón y cuenta nueva cumple cierta función reconciliadora, en ocasiones olvidar nos quita un poco de humanidad. En “Mi Gente” hemos seguido la lucha inmigrante, del pueblo, de los que quieren ser algo y hacer historia, el hermano trabajador, el carpintero, el paletero, el obrero y el pintor. Todos nosotros, de alguna u otra manera, enfrentamos a diario el no ser rey en nuestro propio reino y esperamos que el Congreso de esta nación vuelque la mirada a nuestras actitudes positivas y nuestras necesidades y que no se nos recrimine por ser latinos o por hablar el idioma de Cervantes. Pero ¿De qué hablo? Por qué deberíamos recibir condescendencias y privilegios si nuestra cultura también discrimina a gran escala? Estamos llenos de prejuicios, de clases y subclases. Sí señores, nosotros los latinoamericanos enjuiciamos, miramos en menos, segregamos y aún así tenemos el descaro de exigir justicia. Patéticamente y sin reparos enjuiciamos al que no se vino en avión, al que no tiene pasaporte, al que es hispano de piel más oscura, al que es negro entero, al “mexicanito”, al que no habla inglés, al que no sabe escribir, a las mujeres que usan el pelo largo y parecen virgen de pueblo, a los que no tienen la misma religión, a los que van al Eastland Mall y no al South Park, a la madre soltera, al de los pelos parados y tiesos, al que dice “órale güey”, el que va al banco con la ropa manchada con pintura después de una jornada de trabajo, al afroamericano, al indio, al gringo. Pienso que todas las personas somos pequeños universos, tenemos la grandeza de ser diferentes incluso perteneciendo a una misma cultura. Mi hermana “La Negra” y yo, madres solteras y orgullosas, llevamos a nuestros traviesos hijos a una escuela de Charlotte donde la mayoría de su alumnado es hispano. Una de las madres le ofreció “ride” ya que vio a mi hermana, tomando el bus. Después de algunas conversaciones la mujer se enteró que “La Negra”, es mamá soltera, que no seguía ninguna religión y que su hijo no era bautizado. No faltó más información para que la amable mujer y otras madres que antes le hablaban le hicieran “la ley del hielo”, le cortaran el privilegio del aventón y actuaran como si nunca la hubieran conocido. ¿Qué provoca que una apacible dueña de casa cambie su forma de actuar de la noche a la mañana? Hablando de pecados, la ignorancia es el peor de ellos y aunque no conozco todos los pasajes de “La Biblia”, como otras personas que hacen uso de ellos para todo, incluso para engañar, sé y me consta que en ninguna parte Dios dice que está bien enjuiciar a las personas diferentes, a los que no comparten la religión y dogmas, a los que no piensan como uno, eso dejémoslo a los dictadores.