Wednesday, October 15, 2008

Un país construido por “Aliens”


No sé por qué este país esconde con tanto recelo la información que tiene sobre supuestos marcianos. Todos sabemos que los “aliens” sí existen, pero no son verdes, han estado en contacto ya hace unos siglos y es uno de los distintivos con que rotulan a los inmigrantes indocumentados.
Entre 1892 y 1924, alrededor de 12 millones de inmigrantes europeos entraron a Estados Unidos a través de la isla Ellis en Nueva York. Estos errantes fueron inspeccionados, tanto legal como médicamente, y se estima que tan sólo un pequeño porcentaje -formado principalmente por polígamos, criminales y portadores de enfermedades infecciosas- fue deportado.
La mayoría entró legalmente al país porque venían en barco, pero estoy segura de que si el continente europeo estuviera pegado a Norteamérica como México, la historia hubiera sido más parecida a la de hoy en día.
La verdad es que el hecho de ser “alien” -perdón inmigrante- en aquel tiempo y ahora, no refleja gran diferencia. Por lo contrario, los inmigrantes hispanos y los del viejo mundo tenemos muchas semejanzas.
Los europeos no aprendieron inglés inmediatamente, sino sus hijos y nietos. Solían vivir entre comunidades y, al igual que nosotros, tuvieron que encarar los problemas raciales y la discriminación.
Creo con fervor que todos los trabajadores que han dejado sus huellas extranjeras trabajando su sudor en esta tierra deberían ser mirados con respeto, porque han tenido el coraje de luchar por sus familias cruzando mares o desiertos. Aunque mi criterio no da para los que no respetan. Los criminales y asesinos deberían seguir la guía de la isla Ellis.
Los ciudadanos de esta nación deberían mirar la historia y agradecer los aportes hechos; mirar el vaso medio lleno y no el medio vacío. Los inmigrantes hemos sido útiles para los inventores y empresarios en la construcción de canales y vías férreas y los bajos costos de la mano de obra extranjera son y han sido perfectas para la construcción de las carreteras de este país.
Los “aliens” hemos cocinado, limpiado sus casas y baños, pintado y construido casas, plantado tierras y cuidado a los hijos de los ciudadanos de este país; todo por un módico precio.
Hemos ayudado a construir parte de sus grandes íconos arquitectónicos. En Nueva York, el edificio “Empire State” fue construido durante la Gran Depresión por 3400 obreros, muchos de ellos inmigrantes europeos e indios nativos norteamericanos.
Si nos transportáramos a la actualidad y a nuestra ciudad, los inmigrantes hispanos han sido partícipes de la mayoría de las construcciones importantes. El estadio de Las Panteras, el Arena de los Bob Cats, la interestatal 485, el Banco Wachovia, la corte y la cárcel del condado. Lo extraño es que en la época de estas edificaciones no había redadas masivas. Seguramente había que esperar a que los obreros terminaran.
Ahora, y después de tanto trabajo y camino andado, este pueblo quiere arrojar a una parte importante de los trabajadores que le han servido. Cada semana se sabe de alguna nueva redada, alguna nueva separación familiar.
Espero que los que se quejan de no tener trabajo -y viven con el cheque de desempleo- vayan a aplicar en las polleras, edificios, restaurantes, fábricas y granjas, de donde han sacado a los trabajadores inmigrantes.
Así también podremos ver la real necesidad de trabajo de la gente y podremos analizar si los desempleados de esta nación están dispuestos a ganar sueldos bajos, a trabajar horas extras y lidiar, muchas veces, con condiciones extremas al momento de laborar.
Ahora, y a pesar de mi mala memoria eclesiástica, recuerdo lo que me grabé en una clase de religión cuando era pequeña: “Fui forastero y me acogiste”. Lamentablemente hoy me suena más a: “Fui forastero, me utilizaste y me echaste”.

Wednesday, October 1, 2008

¿Es la paz un cliché?


El 7 de septiembre de 2001 y luego de la insistencia y el arduo trabajo de Jeremy Gilley, un joven director de cine, la ONU asignaba el 21 de septiembre como el Día Internacional de la Paz. Cuatro días más tarde, casi 3 mil personas perecían en el ataque del 11 de septiembre en Nueva York.
Desde niña me ha preocupado el tema de la paz, y aunque creo fervientemente de que todos podemos hacer algo para lograrla, también me inquieta que se esté convirtiendo en una idea utópica como tantos otros conceptos lo han hecho.
Las guerras, el narcotráfico, los abusos sexuales por parte de sacerdotes de la Iglesia Católica, los secuestros, extorsiones y la suciedad moral, parecen ser el pan de cada día y atentan contra el bienestar de todos los ciudadanos del mundo. ¿Será que la paz no es más que un cliché, un símbolo pasado de moda o trasnochado que huele a podrido?
Lo cierto es que todos hablan de ella. Algunos con mucha autoridad que se llenan la boca con “soluciones” que no logramos escuchar, y terminan llenándose los bolsillos a cuesta de la desgracia de los demás. La guerra no es más que un negocio para los mismos que la crean y que amasan su fortuna con ella.
Me causa desolación pensar que cada uno de nosotros somos víctimas de los actos temperamentales de los dirigentes de las grandes potencias. Parece que jugaran sentados uno al lado del otro a decidir a quien atacar, a quien rescatar o a quien dejar abandonado a su suerte. Los grandes “países justicieros” se entrometen en los líos de otras naciones sólo cuando hay de donde beneficiarse; son como un superhéroe con un cuchillo escondido en la capa.
Extrañamos pacificadores de verdad. Faltan más Mathama Ghandi, Lesh Walessa, Nelson Mandela, Matin Luther King, Aung San Suu Kyi, Bertha Kinsky baronesa von Suttner, Jane Addams o Madre Teresa de Calcuta, en nuestro camino.
Así también fallamos en reconocer la labor real de muchas personas comunes y corrientes, como la de Jeremy Gilley, que se ha dedicado a recorrer el mundo, hablar con parlamentarios, visitar países pobres y mirar con sus propios ojos la realidad de este mundo.
Me perturba saber de gente que se pretende premiar sin merecerlo. Cuando a la presidenta de Chile, mi país, se le ocurrió la idea de formalizar la postulación de Ingrid Betancourt para el Premio Nobel del la Paz, pensé que se le había zafado un tornillo de la cabeza.
Yo, al igual que la mayoría, sentí profunda tristeza por el cautiverio de la ex candidata a la presidencia colombiana. También sentí alegría y emoción cuando fue liberada. Pero, ¿creo que Ingrid Betancourt debería recibir un premio tan noble como el Nóbel de la Paz? No, no lo creo. Betancourt fue, gracias a ella misma, victima de una situación terrible, pero tal vicisitud no la convierte en una paladina que haya trabajado a gran escala por la paz como otros lo han hecho. “No amerito recibir el premio Nóbel de la Paz. Es demasiado grande para mí, pero sería increíble para la lucha por la libertad”, declaró la colombofrancesa días después de su liberación. Me parece que ella quiere decir “no lo quiero, pero otórguenmelo”. Ricki Martin con su labor de embajador de buena voluntad de UNICEF, y dejando de lado el tambaleo de sus caderas, se merece más un reconocimiento que ella.
Yo prefiero confiar en personas comunes y corrientes, en ciudadanos que sí han usado su tiempo y hasta arriesgado su vida en intentar dialogar y buscar alternativas viables para lograr un entendimiento en un mundo bélico por naturaleza. No a los que posan detrás de un escritorio, de un alto rango o una situación lamentable.
El trabajo y el camino para alcanzar la tranquilidad es complejo, pero a pesar de que la paz es escurridiza vale la pena hacer algo, siempre vale la pena el intento porque de nuestra actitud depende todo un futuro. La concordia comienza en las cosas más simples de nuestro diario vivir.
Si logramos mirar bien el fondo de nuestro carácter nos daremos cuenta que cada día tenemos una oportunidad de ser bélicos o ser apacibles, de dejarnos llevar por la ira y la envidia o aplacar con una sonrisa a quien nos quiere hacer daño.
Hay cosas que se pueden revertir, por muy arraigadas que estén, si se tiene el ímpetu de hacerlo. Aunque la guerra sea parte de la raza humana, aunque la paz parezca un cliché, aunque sólo demos pequeños pasos.
Por último lo invito a visitar la página de internet donde hay gente que sí se preocupa por lo que sucede y donde me comprometí a hacer algo por la paz mundial. Yo, como primer paso, empecé escribiendo esta columna. ¿Y usted como quiere cooperar?

http://www.peaceoneday.org/.

“El mundo no está amenazado por las malas personas, sino por aquellos que permiten la maldad” Albert Einstein

¿Importan nuestras campañas?

Desde que comenzaron las actividades antiínmigrantes, se han tratado de hacer diferentes iniciativas para poder cambiar la idea conceptual sobre los hispanos.
Yo misma fui parte de una de esas iniciativas cuando, en pleno auge de hispanos borrachos sobre el volante, me invitaron a participar en una campaña para crear conciencia de que la botella y el volante no hacen una buena dupla.
En esos días Sue Myrick se convirtió en la paladina en contra de los “mojados”. También en aquel tiempo, y porque nadie quería unirse en una sola campaña y todos querían tener una propia -que raro-, varias ideas salieron a flote con tal de contrarrestar la mala reputación y demostrar que a nuestra comunidad hispana le preocupaba el tema y que no todos son desidiosos.
Pero la preocupación reinaba siempre como una mala migraña, porque a pesar de los esfuerzos y los lemas, seguíamos sintiendo el corazón apretado cada vez que en las noticias aparecían los apellidos latinos involucrados con muertes provocadas por manejar en estado etílico o por otros crímenes más graves.
Se crearon programas de rehabilitación y charlas educativas. También nos dio por limpiar las calles, barrer, recoger basura, fuera o no de nosotros, solamente con el objetivo de demostrar que nos gusta vivir en barrios pulcros, aunque ésta no siempre sea la realidad. ¡Pero vamos!, fuera como fuera existía y existe la urgencia desesperada de tener que revertir la forma en como somos analizados y catalogados.
La pregunta es: ¿alguna de estas campañas ha logrado cambiar el que nos miren cada vez con más desprecio? Creo que no. Es más, pienso que el anglosajón está cansado de creer en nosotros y en darnos más oportunidades porque hemos hecho todo lo contrario a lo que debe hacer un visitante.
Esté de acuerdo conmigo o no, el tiempo que se ha gastado en promover los buenos modales -que deberíamos tener de todas maneras- no ha servido de mucho. Triste pero cierto. Porque aunque la indolencia hispana es evidente e incomprensible, debemos considerar que la apatía que nuestra irresponsabilidad provoca en los ciudadanos de este país es aún más preocupante.
Día tras día, más estados y más legisladores nos quieren fuera de su tierra, ya no hacen hincapié ni disimulo en insultarnos públicamente y definitivamente muchos no tienen ni un mínimo deseo de ver un cambio de actitud de nuestra parte; sólo nos quieren fuera. ¡Out! Ser desconsiderados con nuestros anfitriones ha convertido el sueño americano en la pesadilla americana donde las oportunidades, antes presentes, se escapan de nuestros dedos.
Cavar nuestra propia tumba es algo que sí hemos sabido hacer. Últimamente, cuando se habla de la comunidad latina, los norteamericanos que nos desprecian están visualizando borrachos, asesinos, golpeadores de mujeres, violadores de niños, gandules, sucios y roba identidades. No piensan en los padres de familia abnegados, en los profesionales, en los que se han esforzado en aprender inglés, en los que no ensucian, en los que respetan o en los que han asimilado la cultura.
No creo que las campañas sean absurdas, sin sentido o innecesarias, de hecho es la única forma en que demostramos que aún tenemos esperanza en nosotros. Pero indiscutiblemente el efecto que se ha esperado lograr no ha sido suficiente para revertir el ensañamiento, porque hemos “metido la pata” una y otra vez y nos hemos comportado desagradecidamente. Si no quiere ser tratado como borracho, no maneje ebrio. Si no quiere ser tratado como cochino no ensucie, si no quiere ser tratado como aprovechador, no engañe. Vergonzoso es ver a la gente que tiene tremendas camionetas de último modelo, aplicando por estampillas de comida.
La incógnita es qué hacer ahora cuando este tsunami se nos está viniendo encima irremediablemente. Muchos están arrancando, otros han decidido quedarse y esperar que la ola se retire. Seguramente los medios de comunicación y líderes comunitarios seguiremos intentando nadar contra la corriente para cambiar el rótulo tan pesado que llevamos a cuestas.
¿Pero sabe algo?, por mucha ayuda que haya, sin su asistencia, su preocupación y su honestidad, estaremos más pronto viajando hacia la frontera sur que quedándonos aquí, donde ya hemos formado nuestras vidas y es el único país que nuestros hijos reconocen.

Wednesday, September 3, 2008

La corriente reclama su cauce





(Fotos Danielle Pascal)

Entre más recorría, y a más casas entraba, me estremecía ver la condición de destrucción en que quedaron muchos hogares luego del desborde del arroyo que cruza los departamentos donde vivo. La pesadilla acuática había comenzado cuando mi reloj marcaba las cuatro de la mañana y mi prometido dijo: “amor, tenemos que salir de aquí”.

Mis ojos no habían terminado de abrirse y mi incoherencia matutina aún me tenía pegada a las sábanas a pesar de semejante mensaje. Pero cuando me informó que el arroyo se había desbordado, fue motivo más que suficiente para dar un salto –con el cual hubiera marcado fácilmente un record en las olimpiadas- y asomarme a la ventana para ver personalmente lo que sucedía.

Al principio, no tomé la situación con mucha seriedad, el agua aún estaba baja y cuando la gente caminaba les llegaba hasta las rodillas. Es más, todo el cuadro me acordaba mis años de infancia, cuando el río Mapocho, (principal en Santiago), solía salirse de su caudal de cuando en cuando. Mis padres nos ponían botas de goma y un impermeable y nos sacaban a recorrer las calles inundadas que, a pesar de su evidente peligro, en mi mundo de niña era casi un episodio de película aventurera. Sin embargo, esta vez era drásticamente diferente.

Esta vez mi padre no estaba conmigo para tomarme en brazos o guiarme por donde tenía que pisar. Ahora era yo la que tenía que calmar a mi hijo y explicarle lo que estaba pasando. “Mami, tengo miedo”, me dijo. “Lo sé hijo”, repliqué yo, sin ser capaz de contarle una historia fantástica -de esas que nos cuentan cuando somos niños- para tapar las realidades.

Cuando me asomé otra vez al ventanal y vi un refrigerador y un bote de basura flotando en la mitad del parque interior, mi cara empezó a sudar y a “hiperventilarse”. Aún peor, los gritos de una mujer que nunca supe quien fue, elevaron a nivel rojo el estado de mi urgencia.

Intenté prender la luz para buscar ropa, pero ésta no funcionaba. Entonces ahí, en la completa oscuridad, falta de preparación, y utilizando la tenue luz de nuestros celulares, logramos sacar vestimenta para cumplir con nuestros trabajos al día siguiente.

Al salir del departamento, el agua había alcanzado más terreno. Mi novio se preocupaba por sacarnos, yo por nuestras cosas y mi hijo por sus juguetes y su “piggy bank” (el chanchito de ahorros).

A pesar de que la situación fue preocupante y realmente incómoda, nuestro hogar no tuvo ningún daño, sólo que la policía nos impidió entrar por tres días y tuvimos que pedir asilo a fuerza. Más tarde y más tranquila, cuando decidí mentalmente salir de mi propia experiencia y mirar alrededor, fue cuando comprendí la gravedad del asunto.

Mientras yo me quejaba de estar quedándome en otros sitios y teniendo que ir a comprar ropa, otras personas no tenían donde recostar sus cuerpos agotados ni dinero para comprar lo básico. Mientras yo dormía cómodamente en una buena cama, soñando con el arroz con coco de la abuela Fanny, otras personas tenían que recibir la ayuda financiera de la Cruz Roja, de alguna iglesia o escuela donde pasar las noches.

Fue ahí, cuando mi cara pudo caerse, con justa razón, de vergüenza y cuando decidí aceptar mi pecado individualista. Decenas de familias incluyendo muchos inmigrantes, rusos, hispanos, turcos y pakistaníes habían perdido absolutamente todo.

Sí, estos días aprendí que no sólo los hispanos tenemos el problema de la barrera lingüística, sino que muchos otros inmigrantes tienen que lidiar con el no poder comunicarse y sentir desesperación frente a sucesos de esta naturaleza.

Decidí entonces caminar mi barrio, fotografiar, retratar y contar las historias de los demás. Mi cámara y mi identificación del periódico fueron las aliadas para invitarme a entrar a los hogares reinados por una desolación inexplicable.

La humedad, la oscuridad y un olor indescriptible eran los nuevos moradores que se mezclaban con los rostros confundidos de muchos que sentados fuera de sus casas, como si quisieran resguardar lo ya perdido, y que no se inmutaban al verme entrar en lo que algún día fueron sus hogares.

Ahora yo de regreso en mi hogar, en el lugar donde sueño y amo, acepto con alegría mi suerte y pienso con tristeza en la desdicha de mis vecinos. En aquellas señoras turcas, vestidas con colores brillantes que se sentaban horas a pensar y a extrañar.

En aquel abuelo ruso que se dedicaba a caminar horas e intentar saludarme en ocho dialectos diferentes o a otros tantos que se sentaban a jugar ajedrez bajo un árbol. Todos ellos desaparecen de a poco de la fotografía que siempre quise sacar y que nunca me di el tiempo de tomar.

Ahora es muy tarde porque se han ido, porque el agua se llevó sus colores y sus idiomas cuando la corriente decidió volver a su naturaleza y dejar el silencio en estas calles.


*Para ver las fotografías de la inundación visite www.migenteweb.com (galería de fotos) *

Thursday, August 21, 2008

El teléfono roto


Durante mi infancia existía un juego en particular del cual me encantaba participar; el juego del teléfono. Durante las tertulias infantiles nos sentábamos en un círculo y cada uno iba susurrando una palabra o frase en cadena hasta que al último le tocaba decir en voz alta lo que entendió.


Recuerdo la sensación de emoción que tenía esperando que fuera mi turno y las carcajadas inocentes al escuchar el turno de la última persona al decir lo que había entendido.

Por supuesto, el mensaje original raramente llegaba al último participante intacto. Por lo contrario, las frases finales, muchas veces incoherentes, eran el resultado de la mala dicción de unos, la sordera de otros y de las equivocaciones intencionales de otros cuantos.


Era un juego entretenido, y aunque no era tan emocionante como el juego de la botella, escondía un desafió en donde uno tenía que optar, en su mente de niño, si decir el mensaje lo mejor posible o, por el contrario, balbucear cualquier cosa sólo por divertir a los demás.


Hace unos días, de repente y sin darme cuenta, la imagen del juego del teléfono, sin querer, apareció en mi mente. Aquel viernes el pánico de muchos hispanos que habitan en la Ciudad Reina se apoderó a través de las voces telefónicas y de los dedos aturdidos de tantas personas, que llamaban y enviaban mensajes avisando sobre retenes de la policía y supuestas redadas de inmigración.


Y así, como en el juego del teléfono, alguien comenzó el mensaje y los cientos de hispanos que llamaron y enviaron textos se transformaron en un tipo de onda expansiva. El mensaje empezó con un reten, luego se convirtió en que “la migra” estaba en el centro, que se habían llevado unos cuantos en un lado y hasta que los oficiales de inmigración estaban en Eastland Mall.


Yo, a cuestas con la buena escuela de Rafael Prieto y curiosa del sentimiento que carcomía a la gente, fui a pasear al centro tratando de verificar datos, hablar con trabajadores y buscar hechos concretos que pudiéramos utilizar con seriedad en el periódico. Finalmente, luego de un merecido paseo, dejé el “pequeño Manhattan” sin nada congruente pero con dos “Mocha Frapucchino”, su cafeína, y flores en la mano. Al mismo tiempo, mi abnegado compañero “el mero” visitó al mall de éste para encontrase con la, no sorpresa, de que los oficiales separafamilias, brillaban por su ausencia.


No tengo duda sobre las buenas intenciones y nobleza de la mayoría de las personas y amigos que quisieron poner en antecedente al resto para evitar meterse en problemas. Estamos viviendo un cierto tipo de guerra donde cada uno debe protegerse pero también tratar de cuidar a los compañeros.


Pero creo que a pesar del miedo, y el deber que muchos sentimos de avisar situaciones como ésta, debemos parar, pensar, y como diría el Chapulín Colorado, “que no panda el cúnico”, porque como buenos seres humanos tendemos a dejarnos llevar por las emociones sin dejar paso a la cavilación. Yo se bien de esto. La reacción de la gente ese día fue no ir a laborar o salirse del trabajo sin que hubiera necesidad de hacerlo.


Creo que es hora de que no sólo los periodistas debamos basarnos en hechos válidos, documentados y serios. También toda la comunidad hispana, por el bien de todos, debe aprender a verificar la información que recibe antes de dejarla volar con libertad de nuestra boca. Debemos aprender además que reten es diferente a redada.


Para los que usaron de guía la morbosidad al mandar mensajes a diestra y siniestra, deberían aprender a reconocer la diferencia entre un juego de niños y la realidad. Los pasatiempos son divertidos pero pierden la gracia cuando toda una comunidad se ve envuelta en ellos, aunque sea un juego inocente.


Sería increíble usar esa rapidez, disposición y energía cuando se tratar de hacer llamadas a los legisladores y firmar cartas porque cuando los líderes comunitarios nos hacen la invitación, para involucrarnos en posibles futuros cambios, nunca se ha visto tal urgencia y tanta participación.

Monday, August 4, 2008

LA COPA MAS AMARGA


Hace ya un par de meses, mientras me hacía cómplice de una deliciosa copa de vino tinto para atraer recuerdos de mi querido Chile, y realizaba mi trabajo diario de revisar noticias supe de María Isabel Vásquez.
María Isabel fue una joven oaxaqueña que falleció por insolación luego de trabajar recogiendo uvas por nueve horas consecutivas sin tomar agua. 108.4 grados de temperatura corporal son los que tenía cuando llegó al hospital.
Cuando vi su foto, una rabia que no puedo explicar por medio de esta columna acaparó mis huesos y casi hace que me atragante con el vino. Su dulce rostro de niña, su inocencia y sus esperanzas de 17 años quedaron abandonados en un campo agrícola.
La obrera murió porque los capataces, o mejor dicho los verdugos, le negaron un descanso y la sombra. Disculpen, permítanme arreglar la información que estoy brindando. Los capataces sí le dieron un descanso para tomar agua, pero por diez minutos luego de todas esas horas bajo un sol intenso y castigador. Por cierto, la joven no fue la única que no pudo soportar la jornada suicida, tampoco el bebé que llevaba en su vientre.
“Que pena por la niña, pero también estaba ilegal en este país”, fue el comentario hecho por un anglosajón en una página de internet. ¿Qué tiene que ver la “ilegalidad” en esto? ¿Es que el hecho de ser indocumentado da pie para excusar estas muertes negligentes?
Me molesta la ignorancia y estupidez de algunas personas. Sinceramente me cuesta trabajo creer que ese señor se niegue a comer uvas, papas, tomates, fresas, pepinos, duraznos, y todo tipo de alimentos que son mayormente conservados y recolectados por inmigrantes. Si él consume frutas y verduras no debería tener el descaro de arrojar sus fríos comentarios; al final de cuentas no sería más que un hombre inconsecuente.
Lo peor es que ni la muerte de un trabajador, ni los comentarios displicentes de un lector, causan un cambio drástico de conciencia con respecto a esta problemática. Parece que los animales no son los únicos en peligro de extinción, sino también los escrúpulos de muchos empresarios que no muestran ni una pizca de humanidad con sus trabajadores que –en el fondo- son los que les llenan los bolsillos.
Con la sinceridad que pretendo regalar en mis palabras, debo reconocer que nunca pensé que se haría algo al respecto, porque muchas muertes de obreros ya han pasado desapercibidas. Pero a pesar de mi desmedida frustración, hace algunos días la vida me mostró, una vez más, que me equivoco.
La empresa que había contratado a la joven obrera había sido sancionada con la mayor multa de la historia del estado de California. Los 262.700 dólares con los que fue multada la compañía son sólo una cantidad.
Y si bien es cierto, ningún monto podrá reparar dos vidas ya perdidas y seguramente ya olvidadas, por lo menos puede ser una esperanza de que los legisladores y políticos hayan comenzado a valorar más la vida, el trabajo y la seguridad de los que, con el sol en la espalda y la piel vuelta negra, se encargan de cultivar y recoger los alimentos que se posan en nuestra mesa.
Lo que esa cantidad tampoco podrá cambiar es la copa de vino más amarga que me ha tocado beber, ni la sensación de tristeza al pensar que a diario manos llenas de tierra, trabajan para que personas como yo, puedan gozar de vez en cuando de unos momentos con sus recuerdos.

Tuesday, July 22, 2008

NO ME PEGUES AMOR


Qué testigo más honesto que el momento donde todo se congela por unos segundos y los labios aún húmedos por la tibieza de la sangre piden que no más.
“...Una vez más no por favor que estoy cansada y no puedo con el corazón, una vez más no mi amor por favor, no grites, que los niños duermen”…canta a todo pulmón la española Bebe en su canción donde retrata las historias femeninas de dolor y frustración ante la violencia de sus parejas. Esa súplica por erradicar ese cáncer que la mujer ha venido arrastrando como las leyendas, de generación en generación.
Esta peste no escatima edad, ni país o cultura. No es de pobres ni de ricos.
Por alguna razón y, desde que el mundo es mundo, ser mujer siempre ha tenido una connotación menguada.
Ya en la Grecia de Platón y Aristóteles las mujeres tenían el mismo estatus social que los esclavos, y aunque actualmente las cosas no son tan extremas, la violencia contra la mujer es tan común como lavarse los dientes.
¿Cómo podemos decir que vivimos en un mundo moderno si este tipo de atropellos en contra de las que hemos dado vida a todos los seres humanos aún sigue latente?
Para mi mala suerte he sido testigo de caras desfiguradas, moretones, narices rotas y familias destruidas. Cada uno de esas contusiones, plasmadas como una pieza de arte sin escrúpulos en la piel femenina, ha puesto a prueba mi profesionalismo cuando sirvo de intérprete.
Todos esos rostros esconden una historia de dolor y disimula los secretos oscuros de la personalidad humana, del que castiga y del que se deja castigar.
En el caso de la mujer inmigrante, muchas han arrastrado el problema desde sus países. Algunas piensan que una vez aquí las cosas serán diferentes, pero no es así. Sólo el escenario cambia para el deporte favorito de incontables “machos” que gozan ensuciándose las manos con la sangre de sus mujeres.
Incluso aquí, en la ciudad que nos acuna, las inmigrantes víctimas de violencia deben enfrentar, entre muchas cosas, la deportación de su amor propio, la exposición pública de sus vidas o, en el peor de los casos, el encuentro con el más allá antes de lo previsto.
La mujer golpeada no es otra cosa sino que el patetismo masculino. La cobardía del que no puede expresar su malestar sin ser iracundo. El peor ejemplo de “alter ego” tanto en la mujer como en el hombre.
Pero como las mujeres poseemos ese insólito sentimiento de protección no me extraño al escuchar las excusas de muchas para defender a sus castigadores.
“Lo amo, es el padre de mis hijos, no quiero que lo deporten por mi culpa”. O la peor, “me lo merecía. Yo lo hice enojar”, son frases que me sacan de quicio, pero son locuciones tan íntimas, que nadie tiene derecho a juzgar.
De hecho, en muchos de los casos, la mujer se siente enamorada de su golpeador y decide otorgarle incontables oportunidades para que cambie, sin saber que en esos minutos de bondad no hace otra cosa sino escribir su propia sentencia.
Con gran temor descubro que muchas, en algún momento de nuestras vidas, caemos en la autoflagelación, en la aceptación del castigo físico, emocional o en la subestimación.
El feminismo no es mi guía, pero si el derecho de ser mujer y no morir en el intento.
El derecho de ser remuneradas por igual, de decir nuestras opiniones sin ser tachadas de rebeldes o neuróticas, de disfrutar de nuestra sexualidad sin ser rotuladas de fáciles.
Señores aprendan, ya no estamos en la edad de piedra donde se le arrastraba a las mujeres por el pelo.
Hay un hecho que ninguna estadística puede negar y que no tengo que ir a revisar para estar en lo cierto: por cada abusador existe una mujer que le regaló la vida.
“...Una vez más no por favor que estoy cansada y no puedo con el corazón, una vez más no mi amor por favor, no grites, que los niños duermen”…

Monday, July 7, 2008

Los sueños perdidos


Un día, cinco madres hispanas planeamos quedarnos en la casa de mi hermana a pasar una noche de chicas y, aunque obviamente los hijos también eran parte del paquete, los maridos y novios respectivos no estaban invitados.

Todas estábamos entusiasmadas con la idea de tener un momento femenino, tiempo para conversar, tomar sol, ver películas y de pasadita quejarnos de los hombres, uno de los deportes preferidos de las reuniones femeninas.

El entusiasmo frente a tal tertulia era exacerbado pero no inusual, porque la vida de muchas mujeres, sobre todo inmigrantes, se reduce muchas veces a tareas domésticas, pañales y ollas, por eso la oportunidad de un momento diferente es aceptado casi como un regalo.

Personalmente me interesaba mucho la reunión, porque mi cabeza se alimenta de experiencias personales, de momentos de verdad, de cosas cotidianas, de emociones e historias. El escuchar me permite entrar a un mundo ajeno, porque cada persona es un universo propio.

Mi hermana había preparado, bajo el hermoso y antiguo árbol de su casa, una escena tipo campestre con comida, frutas y varias “delicatessen” para nuestro deleite.
Al principio hablábamos de cosas triviales, niños, maridos, trabajo y todas esas cosas que hacen de la vida lo que es.

Pero cuando la confianza se había apoderado de nuestras lenguas y mis oídos se habían agudizado frente a tan valiosas palabras, tuvimos que interrumpir la velada porque la rutina diaria, de la cual tratábamos de escapar, hizo de las suyas una vez más.

Dos de las cinco mujeres tuvieron que partir precipitadamente porque se hacía tarde y los maridos no les habían permitido quedarse a dormir.

Otra, que estaba contenta de haber obtenido el beneplácito, fue interceptada a mitad de tarde por su cónyuge que llegó sorpresivamente a buscarla, frente a la mirada atónita de mi hermana y la mía, porque no quería pasar la noche sin ella.

“Pero, ¿en qué mundo vivimos?”, preguntó mi hermana. “Parece que estamos en la prehistoria” agregué yo. Pero nuestros alegatos no pudieron hacer nada por cambiar la situación.

Aquella tarde, el bloqueador solar no fue usado. Las frutas frescas quedaron a medio comer a merced de los mosquitos y los niños tristes porque sus amigos no se quedarían a dormir.
Las verdades, quejas, sentimientos y sueños de los que cada una quería hablar quedaron atrapados en el pecho y en un corazón con el ímpetu de gritar.

Al llegar la noche, la velada de cinco mujeres concluyó sólo con dos. Mi hermana y yo terminamos bebiendo un poco del vino reservado celosamente para la ocasión y comentando tan interesante desenlace.

Al tiempo después, y al compartir más con las susodichas, conocí otras facetas que esa tarde truncada no pude llegar a conocer, que reflejan los sueños perdidos de estas y muchas otras mujeres inmigrantes. Una de ellas soñaba con tener su propia empresa, otra graduarse de abogada, la otra ejercer su carrera de administración o estudiar gastronomía.
Muchas mujeres viven una realidad, la aceptan y son felices pero eso no significa que no tengan otros sueños, metas o aspiraciones.

La mujer inmigrante tiene fuerza, tenacidad y un potencial retenido. Trabajan, cocinan, crían, hacen las compras, limpian y administran la casa, son esposas.
Pero aparte de tan esmeradas prácticas, muchas quieren hablar, expresarse y compartir un poco de tiempo fuera de su círculo. Pero todas estas tareas, la falta de ayuda y a veces de comprensión, cortan las alas.
Muchas sienten que no pueden, que no deben o simplemente sus compañeros no las dejan. “A veces dan ganas de abrir la puerta y salir corriendo” dijo una de ellas. ¿Qué mejor ejemplo de urgencia que ese?

Ese día para nosotras fue difícil entender la situación de nuestras invitadas. En nuestro país las cosas se manejan diferente, la mujer tiene más individualidad y aunque la familia es primordial también lo es el desarrollo personal.

Respetando las diferencias culturales y no cayendo en ningún tipo de feminismo barato, creo que cada mujer merece apoyo para crecer y la libertad de hacerlo, si así lo desea.
Cada mujer tiene una fuerza y un ímpetu que no debería ser cegado por nada ni por nadie, menos por el que se sirve a diario.

Sunday, June 22, 2008

La mala memoria europea


La semana recién pasada la comunidad europea dio un duro golpe en contra de los inmigrantes indocumentados, cuando aprobó la “directiva de retorno” donde se estipula que los inmigrantes indocumentados que sean detenidos en suelo europeo podrán ser recluidos hasta 18 meses en centros de retención a espera de una expulsión.

La normativa contempla además el castigo de 5 años sin volver a ningún país europeo y que los menores de edad pueden ser repatriados

Este plan, desarrollado por las élites económicas europeas, permitirá criminalizar a los inmigrantes, en su mayoría pobres.

El aroma a fascismo se está apoderando nuevamente del viejo continente, que pretende juzgar a las personas por pertenecer a un grupo. Antiguamente se usaba un perfil racial o religioso, hoy en día, el patrón migratorio.

Siento temor que los fantasmas de Mussolini, Hitler o Francisco Franco se hayan levantado de sus tumbas a susurrar en los oídos de los parlamentarios europeos.

Este es el resultado de la cavilación y miedo de muchos intolerantes que no quieren aceptar la mezcla idiomática y cultural, que ven a las minorías como una diferencia inaceptable, casi como una peste.

Con estas medidas no existirán trabas ni excusas para no comenzar la caza de indocumentados, un deporte detestable que algunos están deseosos de emprender.

Las cárceles son para verdaderos criminales, para los que andan sueltos por ahí libres e impunes y para aquellos delincuentes a quienes los mismos gobiernos, por intereses personales, dan todo tipo de indulgencias.

Europa está dando un ejemplo de lo que no se debe hacer, una solución holgazana que seguramente actuará como un gancho para que otros se cuelguen de ella.

Entiendo que los países no puedan abrir paso libre a cualquier persona por seguridad y porque quizás es difícil de mantener un orden. Pero la pereza a la cual me refiero descansa en la falta de soluciones reales, humanas e integrales.

Cuesta trabajo entender cómo un continente que pudo lograr algo tan complejo como unificar 27 países en una sola colectividad, no pueda o no quiera buscar soluciones satisfactorias a la problemática migratoria que no sea encarcelar.

El viejo continente tiene mala memoria o simplemente es desagradecido. No se acuerda que millones de europeos fueron recibidos en América Latina durantes los siglos XIX y la primera mitad del siglo XX.

Alemanes, polacos, ingleses, croatas, irlandeses, portugueses, españoles e italianos, fueron acogidos en su aventura migratoria, porque ellos también tuvieron épocas de miseria, de persecución política, de guerras, y en su momento también buscaron horizonte fuera de su tierra. Las migraciones han sido una necesidad para la humanidad desde que el mundo es mundo y desde que las personas buscan el bienestar.

Que prueba más fehaciente de la mezcla transoceánica que la cantidad de apellidos italianos en Argentina, las ciudades de colonias alemanas en el sur de Chile, la población uruguaya, formada mayormente por descendientes de europeos y el 10 por ciento de la población brasilera que posee por lo menos un antepasado germánico.

Muchos españoles, entre ellos mis propios bisabuelos, huyeron del gobierno de Franco y la guerra civil para buscar mejores oportunidades de vida.

En su mayoría, los países que recibieron los inmigrantes europeos lo hicieron abiertamente. Hoy en día esas personas están mezcladas homogéneamente en nuestros países y viven armoniosamente integradas a la sociedad.

En mi país, como en muchos otros, las colonias extranjeras gozan de buen pasar, poseen grandes negocios, exclusivos clubes y hasta equipos de fútbol.

A estos extranjeros se les dio una oportunidad para seguir adelante y nosotros como países receptores también nos beneficiamos de su experiencia, conocimiento y diferencia cultural.

¿Por qué los países desarrollados que niegan a los inmigrantes no pueden reconocer que los “sin papeles” también cooperan a la grandeza de sus economías y a la riqueza de sus culturas?

Insisto, no es solo un problema de dinero, sino también porque existe un asqueo a nivel mundial hacia el diferente, al que no se ve igual, al que no habla igual, al que no come igual, al que no huele igual. Este repelo se esconde detrás de leyes como la recién aprobada.

Señores del viejo continente, les hace falta volver a hojear sus textos de historia, recordar los cuentos de los abuelos, mirar fotografías, buscar en el pasado y mirarse en un espejo para preguntarse si lo que están intentando hacer es lo que justamente se evitó para sus propios antepasados.

Tuesday, June 10, 2008

¿Reci qué?



Algo que me llamó la atención cuando llegue a Charlotte fue la cultura del reciclaje, porque cuando yo dejé Chile, hace ya nueve años, recién se estaba intentando educar a la gente sobre su importancia.
Hoy en día he comprendido que es una de las formas como cada uno puede ayudar a salvar este planeta, que es nuestro hogar, y el que parece estar un una carrera maratónica hacia la destrucción.
En mi caso personal, debo confesar que ese tema es uno de los pocos en los cuales mi novio y yo discrepamos. En ocasiones él se pasea por la cocina y me sorprende separando botellas o cajas con la intención de dejarlos en los contenedores designados de nuestro conjunto de departamentos. “¿Estás tratando de coleccionar cajitas amor?” me pregunta, con media sonrisa plantada en la cara y su típico sarcasmo. Yo, entre risa, pero tratando de mantener una actitud que sea merecedora de su atención, trato de explicarle que estoy tratando de salvar a la Tierra. Lamentablemente, hasta el día de hoy, mi actitud de héroe planetaria “wanna be”, no ha podido traspasar ni siquiera los límites de mi propio hogar.
Porque debemos reconocer que en este tema, como en varios otros, la pereza se apodera de nosotros. ¡Que flojera separar basura, juntar periódicos o botellas y darse el tiempo de ir a dejarlos a los lugares establecidos! Me consta que mi idea de “salvar la Tierra” puede sonar un poco altanera y ambiciosa, pero cuando varias personas tienen el mismo deseo, podría ser algo factible. Lo que pasa es que aún no aprendemos que los grandes cambios se logran con pequeños aportes y que cada persona puede ayudar a revertir esta situación que ha sido, por supuesto, creada por nosotros mismos.
El “juntar y separar cajitas” ayudaría a cambiar los materiales, que iban a ser desecho, en recursos valiosos. Además, por el hecho de que el reciclaje asiste en reducir vertederos e incineradores, también ayuda a disminuir la emisión de gases, que ha generado el cambio climatológico global, su vez, culpable del derretimiento del hielo de los polos. El nivel de las aguas está subiendo y eventualmente, si no hacemos nada, inundará a muchas tierras costeras; literalmente tendremos el agua hasta el cuello. Sólo como referencia, sesenta de las setenta y siete ciudades latinoamericanas más grandes están ubicadas en las costas. ¿Ha pensado que sucederá con las personas que vivan en esos lugares? La respuesta no es muy difícil de imaginar; migración masiva, y con ese tema ya tenemos suficientes contrariedades.
Si localmente cada hogar hispano comenzara a reciclar y lo convirtiera en una rutina de vida, no estaríamos solo ayudando a limpiar nuestro planeta, sino también, mostraría una cara positiva de nuestra comunidad inmigrante; una comunidad que se preocupa, una comunidad conciente. En Charlotte uno puede pedir ¡gratuitamente! los contenedores rojos que son para basura reciclable, los cuales son vaciados semanalmente el mismo día de la basura regular.
Por último, si usted considera que no conoce mucho el tema y que falta información en español, hágalo saber. Comuníquese con los periódicos o a las radios. Es tan fácil como cuando llama a pedir una canción en su emisora favorita. Yo por mi parte, me comprometo a conversar con mi jefe a ver si podemos tomar este tema con un poco más de urgencia.
Mucho se puede hacer, si tenemos las ganas y la disponibilidad. Creo que cuando se trata de la vida de todo un planeta y la extensión de la raza humana; la pereza, desidia, flojera, desinterés y abandono son sinónimos inaceptables. Si piensa en los hijos que tiene, en los que vienen en camino o los que piensa tener, ¿no cree que el visualizar el problemita que se les viene encima seria razón suficiente para despertar y reaccionar? ¿Y tú amor?... ¿Me ayudarías a separar cajitas?

Monday, May 26, 2008

Octavo pecado capital


Hace 1.500 años el papa Gregorio I enumeró los siete pecados capitales, los cuales más tarde serían recogidos por el gran Dante Alighieri en su “Divina Comedia”. La lujuria, avaricia, gula, pereza, ira, envidia y la soberbia eran utilizadas por la Iglesia Católica para instruir a sus seguidores sobre la moralidad.
Pero hace unas semanas estos vicios dejaron de ser únicos. Hoy, con el más absoluto respeto hacia el Papa I, Dante, y ya que Santo Tomás de Aquino vetó la vanagloria, tengo la osadía de agregar uno más a la lista. El octavo pecado: Negar la educación.
Nuestro atractivo Carolina del Norte ya no será más conocido por sus bellas montañas. De ahora en adelante también se distinguirá por ser el primer estado donde se niega a los estudiantes indocumentados ingresar a los Colegios Comunitarios, el primer estado donde se niega el derecho social de la educación.
La Oficina del Fiscal General del Estado no ha tenido ningún pudor para minimizar el futuro de muchas mentes que podrían llegar a ser brillantes. Jóvenes “culpables” de haber tomado las manos de sus padres para cruzar al otro lado de la cerca.
No entiendo por qué se sigue insistiendo en imputar a los hijos por la decisión de los padres de venir a buscar un mejor bienestar. Esa búsqueda es vista por muchos como un crimen, cuando solo se trata de supervivencia.
Criminales los que matan, torturan, violan y esclavizan. ¿Que pasaría si se siguiera la política de culpar a los hijos de criminales reales? Aún no conozco a ningún hijo de nazi marcado con una estrella, ni al hijo de un torturador golpeado, ni menos al primogénito de un racista encadenado, linchado o sentado en la parte trasera de un bus. Simplemente no se da, porque es erróneo.
Si esta ley continúa su camino, lo único que conseguirá es un montón de estudiantes sin visión de futuro, trabajando en un restaurante de comida rápida o en algún otro empleo donde lo acepten sin papeles.
Sin mirar en menos estos trabajos, los cuales son realizados con dignidad por muchos hispanos, ¿no se supone que se viene a este país como un sacrificio para dar a los hijos una oportunidad de lograr algo mejor?
Por otra parte, otro número de estudiantes podrían caer en pandillas, drogas o prostitución, lo que aguaría los deseos de las autoridades de bajar la criminalidad del estado, cuando cualquier persona, con un mínimo de cerebro, puede inferir que los jóvenes sin estudios se dejan arrastrar más fácilmente por el crimen y la vida fácil, sobre todo si pertenecen a una minoría.
El pronunciar este nuevo pecado sin la invitación de nadie me hace atrevida, pero tengo mis razones. En marzo de este año El Vaticano anunció otros siete pecados sociales. Por supuesto que el que yo propongo no estaba incluido, siendo que la lucha de los indocumentados por la educación viene hace un tiempo largo. A mi forma de ver su relevancia es absoluta, sobretodo porque la inmigración indocumentada no es un problema local sino mundial.
Puede que mi anuncio le parezca un atrevimiento, después de todo ¿quién soy yo para crear otro pecado? Pero yo, como usted, tengo la libertad del sentir e intentar expresar lo que hay en mis vísceras. Porque si uno no dice lo que piensa, no defiende ni se apasiona por algo, de alguna forma es rendirse, es bajar los brazos y en ocasiones hasta morir.
Lo que está sucediendo en nuestro estado es un acto de terrorismo contra el intelecto, contra las oportunidades y el espíritu hambriento de miles de jóvenes.
Los que orgullosamente se dignan celebrar este “logro” no se han percatado que se están tirando tierra ellos mismos y al país que tanto aman y protegen, porque un país sin educación es un imperio en decadencia.

Monday, May 12, 2008

Verdadero protagonismo

(Fotografia Danielle Pascal)

Nunca sabremos cómo podemos cambiar o influir en la vida de una persona. A veces, sin querer, nos convertimos en quijotes para otras personas que buscan una luz.
Hace varios meses atrás, una caja de zapatos forrada en papel de regalo y llena de pequeños obsequios y libros iba en rumbo desconocido a algún lugar del mundo.
La duda de dónde logró llegar esa caja se disipó hace unas semanas, cuando a mi casa llegó una carta a nombre de mi hijo que resumidamente expresaba: “Querido Amaru: Te agradezco en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. ¿Cómo estas? Yo y mi familia estamos bajo el cuidado de Dios, es decir, estamos bien.
Recibí los regalos y estoy muy contenta porque no esperaba estos maravillosos presentes. Estoy de acuerdo en convertirme en tu amiga pero lo más importante que quiero decirte es que no olvides de dejar todo lo que haces en las manos de Dios.
Si me respondes te enviaré una foto mía. Por favor, contesta esta carta, así podremos seguir comunicándonos. Tuya en Cristo Judy”.
Cuando terminé de leer la carta sentí un nudo en la garganta mezclado con una inmensa emoción. Una pequeña de 7 años nativa de Zambia, Africa, nos había regalado su sonrisa a través de estas palabras.
Aquella niña había recibido la caja que mi hijo y yo habíamos preparado en la navidad como parte de una actividad social realizada por su preescolar para compartir con algún niño pobre del mundo. Intenté dibujar en mi mente el momento en que sus pequeñas manos abrían la caja y luego cuando escribía la carta.
Pretendí imaginar su casa y su paupérrima realidad para luego entender, una vez más, que en los pequeños gestos está la mayor de las grandezas. Sentí también satisfacción de que mi hijo asista a una escuela donde les incentivan desde pequeños la conciencia social, el compartir y la compasión.
Un lugar donde nunca me han pedido aparecer en nuestro semanario pero que goza de muchas cualidades para ser expuestas y de las cuales nuestra comunidad podría aprender. También cavilé acerca del falso protagonismo. De todas esas personas e instituciones que se jactan de ayudar, que se atribuyen logros aparentes y se dedican a figurar de periódico en periódico. Mientras ellos hacen su juego de fama y poder, otros por debajo, sin importarles los momentos de gloria ni buscar publicidad, trabajan para la gente y sus necesidades reales.
Hoy en día, la cualidad de la entrega sin buscar reconocimiento es un ejercicio en extinción, al igual que la sensibilidad ante la adversidad ajena.
La displicencia es grande y difícil de combatir. No quiero decir que a todas las personas no les afecte lo que sucede en el mundo, solo digo que la indolencia se apodera de nosotros y es una cruel consejera.
Por eso todos estos programas son tan importantes, porque además de ayudar a los más necesitados también nos ayuda a nosotros, a buscar en lo más profundo esa esencia solidaria con la que nacemos pero que de a poco, al paso del tiempo, se logra menguar.
Por mi parte, ayudaré a que Judy y Amaru sigan comunicándose para que quizás logren mantener un afecto duradero. Sería una bella historia de amistad de la cual podría escribir cuando ya los años se me vengan encima.
Y si a usted no le importuna y quisiera conocer este programa para participar uniendo corazones en el mundo, escríbame y déjeme compartirlo con usted. Será un placer y un honor para mí.

Monday, April 28, 2008

Camarones con “ongos”

(Fotografía Danielle Pascal)

Hace un tiempo fui a uno de los restaurantes hispanos de la ciudad. Mientras miraba la carta para decidir mi almuerzo, mis ojos se detuvieron estrepitosamente en un plato muy especial; Camarones con “Ongos”.
Al comienzo a mi acompañante y a mí nos dio un poco de risa. “Tráigame por favor los camarones con hongos pero con hache”, solicité, con un tono medio juguetón al mesero. El sonrió y asintió, pero la situación no pasó a más en aquella ocasión ni en ninguna de las otras veces que volví al lugar y me encontré con el mismo “ongo”.
Siempre he pensado que hacer un trabajo informativo como el que se realiza en los medios escritos no es sólo de suma importancia sino también de una absoluta responsabilidad, porque los lectores confían en noticias veraces y bien escritas.
Es ahí cuando toma sentido la insistencia de mi jefe en que seamos muy precisos en nuestros artículos, y su sufrimiento cada vez que alguno de nosotros comete un error ortográfico. Más de alguna vez me gané el “mijita esto no es así. Toma ese librito de allá y búscalo”. Yo, en mi juego de aprendiz, acataba sus mandatos, y aunque a veces osé a refutarlo, debo decir que hasta el momento él casi siempre ha tenido la razón. Su oficina es un mundo abierto. Libros de estilo, periódicos, diccionarios, revistas y cartas; una lluvia de letras y palabras para ser exploradas.
Quizás deba culpar a Rafa y a nuestro poeta Pedro Assef de la tendencia a fijarme, donde quiera que voy, en letreros, avisos o folletos escritos en castellano.Han pasado casi dos años de mi experiencia con aquellos champiñones y escuchando otras personas me he dado cuenta que yo no soy la única que se ha percatado, ni la única que se ha manifestado, en contra del asesinato lingüístico aquel. Tampoco soy la única que ha notado la existencia, desde por lo menos cinco años, de un letrero público que lee “se prohíbe beber bevidas alcohólicas” ubicado fuera de una visitada tienda hispana.
El problema real no es la falta ortográfica, ni que alguien haya cometido un error al escribirlo. De hecho, la ortografía y gramática no son algo simple y muchas personas tienen dificultad para aprenderla y aplicarla. El inconveniente está en la desidia y falta de visión de los que ponen letreros, avisos o información pública en español con errores que distan de ser pequeños. El verdadero error se refugia en la apatía de las personas que, aunque hayan sido advertidas del traspié, no hagan nada para cambiarlo.
Me cuesta trabajo creer que éste restaurante no tenga dinero para invertir en nuevos menús. ¿Qué tal cambiar solo la hoja donde está el error? Qué tal si, “a falta de dinero”, se le agrega con bolígrafo la “h” que le falta para que llegue a ser un hongo de verdad. ¿Me cree exagerada? Tal vez lo sea. Pero me permito sacar estas cosas a flote por el bien de los que están aprendiendo a leer - incluyendo a los anglosajones que estudian español- por la gente que quiere superarse y por los que queremos mejorar día a día.
Adivino que más de alguna persona se sentirá atacada con esta columna, aunque yo haya aclarado que me refiero a lugares públicos y no al lector en si. Tampoco me cuesta imaginar a alguien mirando mis escritos buscando algún error para poder criticarme. Si esto fuera así le agradezco el esfuerzo anticipadamente.
Me permito hablar de temas cotidianos no para criticar por deporte. Sino porque para superar las barreras que tenemos como cultura debemos auto criticarnos, aceptar y hacer algo al respecto. Yo, muy lejos de la perfección, prefiero escribir sobre este tópico, para ver si se deja de subestimar a la gente que desea aprender y para intentar que los lugares públicos puedan arreglar los errores que tienen tiritando a Cervantes en la tumba, porque al parecer, los años pasan y en estos sitios los errores han quedado plasmados como jeroglíficos que no merecen ninguna investigación adicional, sino un cambio inmediato.

Monday, April 14, 2008

La cochinada hispana



Los ojos chispeantes y aceitunosos de mi primogénito hicieron que aceptara llevarlo, por segunda vez, al famoso “playground gigante’ de Plaza Fiesta hace unos domingos atrás. Las callecitas de adoquín, los balconcitos coloniales de colores vivos, las piletas de agua, en general toda la decoración demuestra que fue planeada especialmente para agradar a la familia hispanoamericana y a los anglosajones que quiera saciar su curiosidad. Aquel día había más gente de lo normal, debido a la presencia de una cantante mexicana y una actriz de telenovelas que iban a firmar autógrafos y colocar sus huellas al más puro estilo de Hollywood. Mientras recorría los pasajes, que representan los nombres de los diferentes países latinos, intentando encontrar el que representa a mi delgado Chile, me crucé con varios hispanos que trabajaban diligentes recogiendo “basuritas” del piso del popular sitio. Más tarde, cuando nos sentamos a comer, mi hijo Amaru me pidió que lo llevara al “Pipi Room”, así que visitamos los baños femeninos y me senté en la linda sala de espera con sillones estilo “lounge”. Él en su urgencia comenzó a abrir una en una las puertas y grito: ¡Mom ven! Cuando me acerqué para asistirlo, Amaru estaba apuntando con su pequeño índice hacia el suelo diciendo: “Mami la gente es sucia”. La sabiduría de sus cuatro años hablaba con toda razón. Comencé a recorrer y a abrir las puertas de los baños y a ver que el piso estaba lleno de papeles higiénico por doquier amontonados en cerros. Parecía que los papeles habían sido arrojados con furia, a propósito. Aquel baño bien construido, con botes de basura con espacio suficiente para mantenerlo limpio, era una oda a la inmundicia. En ese momento pensé en todos los comentarios, lejos de ser ficticios, sobre los hispanos y nuestras malas costumbres. En aquel baño, cuando me daban ganas de pedir prestado a los barrenderos sus herramientas para poder limpiar la evidencia postrada frente a mis ojos, mi hijo y su asombro hicieron que cambiara de opinión. El motivo de estas palabras no es criticar por criticar. El impulso que me hace escribir es poner en bandeja, frente a nuestros ojos, nuestras bondades y falencias como cultura porque, de pasadita, en este mar de palabras hay siempre algo que yo misma puedo aprender y aplicar. Este tipo de cosas no hay que ocultarlas, por el contrario, hay que mostrarlas, hablarlas y hasta documentarlas. Porque mientras unos hacen inmensos esfuerzos por satisfacer a los hispanos con lugares como este, nosotros nos atrevemos a botar basura y expandir mugre en vecindarios y establecimientos comerciales. Sin ir mas lejos, es tanta la flojera y la inmundicia que en los bazares o supermercados visitados por hispanos, se ven los carritos de compras estacionados a media calle, encima de alguna lomita o estacionados atrás de cualquier automóvil y por supuesto, con algún regalito a medio comer abandonado dentro del carrito. ¿Qué sacamos de hacer programas para limpiar la ciudad y demostrar que somos aplicados y comprometidos con esta sociedad si convertimos a los propios establecimientos que nos representan en basurales vivientes? Hasta mi propio jefe y su camisa almidonada no pudieron defender a los hispanos en el Décimo Tercer Simposio de Vecindarios de Charlotte frente a las acusaciones, a mi parecer, bien fundamentadas, sobre el desorden, suciedad, el ruido y poco respeto con los vecinos. Si usted al leer esta columna siente que generalizo y que usted no pertenece a este grupo, le tengo malas noticias. Usted y yo por más limpio y respetuoso que seamos o queramos ser, caemos en la misma categoría. Es por eso que todos somos responsables y no podemos ser indolentes frente a lo que suceda con nuestra comunidad. Ese día antes de entrar al estacionamiento de lugar me pareció ver una publicidad en inglés que propone visitar el centro comercial para “acercarse a Latinoamérica”. Si alguna persona que no sea latina se deja llevar por aquel mensaje publicitario puede llevarse más de una sorpresa. En vez de llevarse algún “souvenir”, podría solamente ratificar lo que ya se piensa de nosotros los hispanos.

Monday, March 31, 2008

El niño "Bully"


Al otro lado del mundo miles de hombres sostienen una pelea que parece no tener tregua.
En este lado del planeta miles de padres, esposas e hijos esperan estrechar los brazos de los que han partido a cumplir con el deber, que hoy en día, muchos aún no tienen claro cual es.
Los latidos mudos de las familias que gritan “vuelve a casa” se ven reflejados en los rostros exhaustos y confundidos de muchos soldados que verán en Irak el último vistazo en su estadía por esta vida.
Bush, a quien yo llamo el “niño Bully” (peleador), se ha empecinado en que invadir Irak fue y es la solución al terrorismo.
”Ellos sembraron el camino para la paz de generaciones futuras", dijo la semana pasada cuando se dio a conocer la cifra de 4 mil soldados estadounidenses fallecidos desde que empezó la guerra.
Cuando leí aquel comentario mi cara se volvió púrpura y salió de mi boca un garabato del que no puede hacerles partícipe. Sentí ira y desconsuelo por todas las personas que son víctimas del juego de un niño mimado y belicoso con sus soldaditos de plástico. De un presidente que ha usado la guerra como pretexto para subir su popularidad alicaída luego de los ataques del 11 de septiembre.
Pero su juego no es novedoso ni original. Ya los césares romanos usaban la guerra como distracción y como método para aumentar su fama.
Bush es otro Cesar más, pero que cada vez pierde mas fuerza y crea repudio.
Me impresionan escenas como la portorriqueña Marlene Fernández, que se acercaba al féretro de su hijo Jason de 20 años, para retirar la bandera estadounidense que cubría el ataúd y reemplazarla por la de Puerto Rico.
Jason, como muchos hispanos, había acudido al ejército para mejores opciones de educación y ayudar a su familia.
Jason fue uno de los tantos soldados vistos por algunos niños iraquíes como héroes y por otros como el verdugo de sus padres.
Acaso si Bush o Condolezza Rice hubieran tenido hijos varones ¿Los habría enviado al campo de batalla?
Las preguntas son muchas y las respuestas exiguas. Pero cada día, de a poco, se reconoce que esta ofensiva ha sido equivocada.
Hasta el Congreso y el mando militar norteamericano virtualmente aceptan que la guerra está perdida y de a poco salen a la luz detalles, ya sospechados por muchos, como los publicados en el libro de Bob Woodward “Negar la Evidencia” donde el autor relata una conversación que sostuvo con Bush donde al presidente le llevó cinco minutos y 18 segundos reconocer el fracaso en la búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak, una de las “razones” del conflicto.
La Segunda Guerra Mundial duró seis años y más de sesenta millones de seres humanos perdieron la vida. Cinco largos años han pasado desde la invasión a Irak y lo más seguro es que Bin Laden esté tomando sol en algún lugar lejos de los combates.
¿Cuántos iraquíes han muertos? No se sabe con exactitud pero los medios noticiosos más importantes manejan un rango que va desde los 30 mil hasta las 600 mil personas. “Voy a asegurar un resultado que amerite el sacrificio”, dice Bush.
Mister Bully, su guerra personal no merece que miles de familias estadounidenses e iraquíes tengan en común un puesto vacío en sus mesas.
Mientras usted sigue maquinando como desenredar este lío y salir bien parado más y más voces se oyen susurrando “Papá ven a casa, hijo te extraño, amor aún te espero...”

Tuesday, March 18, 2008

El sendero de las lágrimas





El té de las cinco de la tarde con pan con palta (aguacate), al volver del colegio junto a la serie “Cine en su casa” eran infaltables para disfrutar especialmente de las películas de indios. No se si eran las trenzas, el color de su piel o la virilidad, pero siempre sentí una cierta atracción hacia ellos. Fue así, como en una de esas tardes, tuve mi primer conocimiento sobre los indios Cherokee de Carolina del Norte. Años más tarde, ya viviendo aquí, aprendí mucho más que las aventuras que mostraban mis películas de matiné y me preocupó algo más que mi simple fetiche juvenil. Hace unos 177 años un grupo de indios Cherokee se veían obligados a abandonar su tierra por mandato del gobierno de Estados Unidos. Aproximadamente 17 mil personas fueron sacadas de sus casas a punta de pistola y confinados en campamentos bajo la ley “Indian Removal Act” para confiscar las tierras al este del Mississippi y deportar a todos los indios que residieran en esos territorios. Los nativos recorrieron 1.285 kilómetros a pie hasta llegar a Oklahoma. En aquella marcha conocida como “El sendero de lágrimas” murió una, no despreciable cantidad, de 4.000 personas. Después de que conocí la triste historia de estos indios y pienso en ese sendero, dibujo en mi mente el camino que recorren millones de inmigrantes en todo el mundo cada día. Unos senderos más largos que otros, unos más dificultosos que otros pero al final de cuentas todas son caminatas que dejan huellas imborrables. Mirando las cosas desde un punto de vista global, debemos reconocer que la realidad del inmigrante, deportaciones, éxodos y todos sus sinónimos, no es una problemática ni reciente ni exclusiva de los hispanos en este país. Es un padecimiento a nivel mundial donde los expulsados y los que buscan sobrevivir pernoctan buscando una mano solidaria y algo de luz para volver a comenzar su historias. Como latinoamericanos en este país, no cabe duda que la imagen de los oficiales de inmigración, entrando en la madrugada a los hogares de los indocumentados, es perturbadora. También es incuestionable las amargas horas de espera e incertidumbre de los familiares a los que se les arrebata un ser querido en esas condiciones. Pero, ¿Qué diferencia puede existir entre un inmigrante hispano en Estados Unidos y un africano en las Islas Canarias, los haitianos en Republica Dominicana, los nicaragüenses en Costa Rica, los zimbabwenses en Botswana, los centroamericanos en México o los indios Cherokee en 1830? Yo no veo ninguna. Por lo contrario, creo que cada grupo que emigra o que es desplazado comparte la misma incertidumbre y el hecho de tener que lidiar con la discriminación y la desaprobación a donde quiera que llegue como destino. En general me parece que donde llegan inmigrantes se da una suerte de “pequeño apartheid”. Nos ha tocado vivir en una época muy conflictiva donde por alguna razón muchas personas están, literalmente, arrancando de sus países y los hispanoamericanos somos sólo una parte de esta movilización mundial. Precisamente en este mismo segundo que alguien duerme tranquilo, que yo escribo estas palabras y usted las lee, en algún punto del planeta existe alguien que lleva a cuestas sus sueños y esperanzas tratando de atravesar alguna frontera o recorriendo un sendero que dejará una historia que contar.

Tuesday, March 4, 2008

Gracias por la inspiración

A mis 34 años recién vengo a caer en cuenta de la importancia de votar, y ser partícipe en el futuro de un país. Dentro de lo cursi que pueda sonar para algunos, quiero agradecer este despertar al que, espero yo, sea el futuro presidente de este país, Barack Obama. “Inscribirse en los registros electorales es un deber cívico”, decía mi madre cuando yo, en mi actitud de “oveja negra” me negué a ser parte de los sufragios de mi deteriorado país. Simplemente la política y sus exponentes me asqueaban. Pero este señor Obama, sin tener la menor idea de quien soy, ha generado que mi mustio pensamiento y actuar político vibren por primera vez llegando incluso a sentir un cariño real por esta patria. Aunque en la carrera presidencial los tres candidatos demócratas apoyan una reforma que cambiaría la suerte de nuestra raza, Obama, como mestizo, hijo de un nativo de Kenia, representa, la lucha extenuante de los pueblos que por generaciones no han sido escuchados; los negros y los inmigrantes. Porque aunque algunos hagan “vista gorda”, está más que claro que los inmigrantes y los afroamericanos de este país compartimos mucho más en común, que el simple hecho de ser representados en los últimos escalones de la sociedad. Tal es mi entusiasmo con este señor, que he estado repetidamente mostrando a mis compañeros de “Mi Gente” un video traducido al castellano de uno de los discursos de Barack, donde acompañado de ciertos artistas que lo apoyan representan el lema “Sí, se puede” (“Yes, we can”). Algunos dicen que es sólo un buen comercial editado. A mí, por el contrario, me para los pelos. Y aunque sí concuerdo en que los políticos buscan convencer y prometen más de lo que cumplen, también reconozco que para lograr cambios debemos creer y arriesgarnos a elegir una opción. ¿No es eso lo que hacemos en la vida? ¿Creer, errar y seguir buscando hasta encontrar lo verdadero? Otra gente me dice que Clinton es la mejor opción. Claro, debido a mi género podría apoyarla pero prefiero dar mi confianza a alguien, a diferencia de Hillary, que partió de abajo sin ninguna ancla política y que bajo las miradas atónitas e incrédulas de sus oponentes ya, en este momento, está haciendo historia en Norteamérica. Seguro su popularidad y avance se verán truncados por los que no se imaginaron que un negro con apellido musulmán llegaría tan alto. Lo más seguro es que a mitad del camino querrán sacarle los “trapitos sucios a la luz”, tal como se hizo en nuestra ciudad con el casi Sheriff Mackey, donde el problema verdadero no fue su pasado dudoso al que apuntaban ciertos “hombre de moral”. Su tragedia fue haber nacido con un color de piel que aún, en el siglo XXI, no es grato para muchos. Yo, por mi parte, y ya que lamentablemente no gozo de la ciudadanía de esta tierra, tendré que conformarme con seguir los debates y esperar los resultados. La única forma de poder expresar mi opción será por medio de estas palabras, y cuando use la camiseta que me compré en internet en agradecimiento a la inspiración que me ha brindado. Sí, ahora que me muero por ir a las urnas, aprecio y entiendo el derecho del voto que tantos otros aún ignoran. Como los grandes amores, a veces cuando los tenemos no los apreciamos; pero cuando no están perdemos la oportunidad de mejorar nuestra esencia.

Wednesday, February 13, 2008

Saber volar









Mientras me encontraba escribiendo la columna de esta semana, mi padre, quien vino a visitarme de Chile por dos cortas semanas, me interrumpió para hablarme de gansos. Yo, medio confundida, accedí a quitar mis obsesivos ojos de la computadora para regalarle mi atención y darme el lujo de sentirme una pequeña niña otra vez, a quien le cuentan una historia. Al llegar el otoño, cuando las hojas deciden abandonar las ramas, los gansos emigran buscando el calor. En su viaje vuelan formando una letra V donde en la punta se posiciona el ganso guía quien va cortando el viento haciendo un esfuerzo superior al resto. Cuando cada pájaro bate sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ave que va detrás de él. Si en algún momento alguno se sale de su formación, enseguida se percata que la resistencia del aire dificulta el vuelo, por lo que regresa rápidamente a su puesto. Mi padre finalizó agregando que cuando el guía de estos plumíferos se cansaba, tomaba uno puesto de más atrás, para que otro ganso lo reemplazara. En ese momento sentí una profunda tristeza cuando se me ocurrió asociarlo con nosotros los hispanos y experimenté una repentina envidia, sana hacia el reino animal. Porque, aunque la moraleja de la historia de mi Papá no es difícil de captar, ni tampoco novedosa, reafirma hechos evidentes como el que los latinos no sabemos, ni queremos, trabajar en equipo; la indolencia de nuestra comunidad hace que la unión se vuelva un tema utópico. Aunque sería injusto generalizar, existe un número considerable de personas que no les interesa lo que sucede con nuestra gente, como así también, algunos líderes que sólo les importa figurar quitándole fuerza al verdadero tuétano de nuestra situación. Estamos con el agua hasta el cuello llenos de propuestas para sacarnos del país; pero cuando es hora de aliarse para manifestar nuestro pensar, no lo hacemos. Es siempre una fiesta de unos pocos y de los mismos. En ocasiones logramos juntar un gran número de personas; pero esa bravura nos dura poco y nuestra insuficiente consistencia hace que los antiínmigrantes se pongan las pilas y se aprovechen de nuestra debilidad. Ellos sí trabajan en equipo, hacen campañas, envían correos electrónicos, llamadas telefónicas, programas radiales en vivo, sólo para poder echar abajo alguna ley o propuesta que nos beneficie. Lo peor es que han tenido demasiado éxito. Sí, nosotros también hacemos actividades parecidas pero el número de participantes dejaba bastante que desear. Nuestra comunidad hispana no es tan unida, como nuestra familia hispana. Nos hace falta hablar menos y aprender más, para poder pelear por nuestros derechos y también llenarnos de valentía para luchar en contra de nuestros propios errores. Nos falta un líder de verdad, mentores sin egos, porque para guiar a todo nuestra gente se necesita mucho más que hablar bien por un micrófono o en un escenario, se requiere amor y sencillez. La historia del ganso seria buena compartirla en una de las tantas reuniones donde se intenta buscar soluciones para los inmigrantes, quizás así, tratando de aprender de un simple pájaro, podríamos impresionarnos al saber que cuando la bandada vuela en conjunto aumentan su poder cerca de 71 por ciento, diferente sería que cada ave viajara sola.

Monday, January 28, 2008

Los pequeños y necesarios maestros


A pesar de ser una mujer bastante “trabajolica” a veces me doy un tiempito para satisfacer esa parte tan femenina que es el salir de compras. Varias veces mientras “vitrineo” he escuchado hispanos solicitar a sus pequeños hijos que pregunten el precio de algún producto. “My Mom wants to know how much is this dress?” preguntó un nene no mayor de siete años en una tienda. La escena y el desdeño de la vendedora captaron mi atención por lo que me acerqué para ofrecer mi ayuda. Se podía oler a kilómetros el malestar de la empleada del lugar que con una sonrisa fingida -típica de los buenos vendedores- respondió en un masticado español con tono burlesco que el vestido costaba “veinta nueivi noventaynueive”. La hispana agradeció inocentemente la información y decidió comprar el vestido. Yo por mi parte, sentía ganas de contarle a la señora que la empleada, mientras doblaba el vestido, comentaba que con ese dinero podría comprar un curso de ingles por el internet. “Bueno, si sabe como usar la computadora” dijo terminando de arrojar su veneno. Yo, morada de la rabia y el niño sin traducir el ácido comentario, nos miramos. El se encogió de hombros mientras yo, después de palabrear y criticar su actitud poco profesional, pedí el reembolso de mi compra y salí del lugar con esta columna en mi cabeza. Esta no es una situación poco frecuente, por lo contrario, los hispanos estamos expuestos a diario a la discriminación por no hablar inglés. Algo tampoco inusual es que muchos niños hispanos tienen la enorme responsabilidad de ser los intérpretes de sus padres no solo en situaciones simples como una tienda sino que innumerables padres dependen de sus hijos en escenarios más significativos como una cita médica o con la policía donde el resultado de la conversación queda en manos de la capacidad comunicativa, asertividad y madurez de un niño. Existe incluso padres que ni siquiera pueden entender las notificaciones enviadas por los colegios y normalmente los propios hijos terminan traduciéndoselas y firmándolas. A pesar de que estos “pequeños maestros” son útiles y ayudan a loa adultos a salir del paso también fomentan, muchas veces la flojera, de no aprender la lengua de este país. Con el mayor respeto hacia nuestra gente, creo que debemos reconocer que muchos hacen caso omiso al hecho de estar en un país diferente, con un lenguaje y una cultura distinta a la nuestra. Me consta que para algunas personas es extremadamente dificultoso por más que traten de aprender inglés pero lo intentan con libros o por medio de la televisión o radio. Sin embargo, hay otros que simplemente no quieren salir de la comodidad y no tienen ningún interés ni en el idioma ni en ninguna información que esté disponible para ayudar a entender el sistema de este país. ¿Cuántas veces se hacen cursos o charlas para los hispanos y los únicos asistentes son los que iban a impartir la clase? El respeto que tanto añoramos está es nuestras manos y debemos reflexionarnos que la inmersión cultural no significa volverse estadounidense sino que conservar nuestras raíces pero adaptándonos para hacer las cosas más fáciles para todos. Podemos preferir cambiar nuestro futuro o elegir sentarnos en un banquillo mirando a nuestros hijos en el pizarrón.

Wednesday, January 16, 2008

Saber soltar




A diario me quedo perpleja mirando por la ventana hacia la calle Independence desde el piso seis de la brillante “Torre Dorada” donde se encuentra nuestra oficina. Mientras me encontraba observando el tráfico, me interrumpió la agradable visita del señor de las frutas. Don Héctor va a “Mi Gente” casi a diario con sus cajas de Jicamas con pepino y jugos naturales que salvan el postre de algunos y las tripas de una vegetariana como yo. Animada le pregunté como le había ido en sus fiestas de fin de año pero su afable sonrisa se opacó cuando respondió que su padre había fallecido hace un par de semanas en México y que él no pudo viajar para estar en su funeral. “Lo siento mucho señor” expresé sin saber que decir y sintiéndome medio ridícula de no poder acotar nada más que la típica frase que se dice cada vez que alguien pasa a mejor vida. Rápidamente me hizo pensar en todas las ocasiones que despierto asustada con la sensación de que algo malo ha pasado con mi familia en Chile, con el enojo que me provoca nunca tener una tarjeta telefónica a mano y con el descanso que siento cuando finalmente me comunico y escucho la voz de mis padres. Es que ser inmigrante no es solo la lucha de subsistir en un país lejano, sino también dejar atrás todo una vida, el calor de los seres queridos, los recuerdos más preciados; todo lo que no cabe en una maleta. Me hizo también recordar hace unos años la voz dolorida de mi jefe cuando me contaba que su madre había muerto en Colombia el día de Navidad y su descanso cuando pudo viajar para despedirla.Ellos, así como tantas personas que decidimos cambiar nuestro país bajo cualquier circunstancia, debemos lidiar con la angustia de una mala noticia, en algún momento, a través de las prolongadas millas. Con papeles o no, educación o no, pudiendo viajar o no, estamos expuestos a la incertidumbre del errante y en ocasiones a llorar desde lejos pues los viajeros sufrimos la carga de tener “un pie aquí y otro allá”.En mis primeros meses en Charlotte me refugié en una antigua amiga; la lectura. “El Faquir”, fue uno de los libros que –como digo yo- me salvó la vida. Su autor retrata a un caminante de la cuerda floja y la idea de “Saber soltar” refiriéndose al despojarse de las cosas materiales y de las emocionales para poder mantenernos en la cuerda de la vida sin perder el norte.Pero aunque el libro me convenció, ahora se que el despojarse de todo es de alguna forma morir, porque queramos o no toda nuestra historia nos persigue donde quiera que vamos.Aquella tarde, luego de que Don José dejó la oficina pensé en un montón de cosas que pude haberle dicho pero que solo hubieran aumentado mi vocabulario de disculpas y no hubiera mejorado su temple. En el mundo de las emociones los documentos de estatus que hay entre unos y otros no existen porque en la distancia todos convergemos en lo mismo. El dolor todos lo sentimos por igual.